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LAS AUTONOMÍAS INDIGENAS
EN MEXICO: DE LA DEMANDA DE RECONOCIMIENTO A SU
CONSTRUCCION |
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LAS AUTONOMÍAS INDIGENAS
EN MEXICO: DE LA DEMANDA DE RECONOCIMIENTO A SU CONSTRUCCION |
CENTRO DE ORIENTACION
Y ASESORIA A PUEBLOS INDIGENAS, A. C. Francisco López
Bárcenas
mayo del 2006.
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Introducción
En el año 2001 Estado Mexicano vivió un controvertido
proceso legislativo mediante el cual reformó su Constitución
Política con la finalidad de reconocer en ella los
derechos de los pueblos indígenas. Lo controvertido
provino de varios aspectos. Uno de ellos, político,
fue que con la reforma se buscaba resolver las causas que
dieron origen al levantamiento de los indígenas chiapanecos
organizados en el Ejército Zapatista de Liberación
Nacional (EZLN), según disposición de la Ley
para el Diálogo, la Conciliación y la Paz Digna
en Chiapas , En concreto se trataba de cumplir lo pactado
en los Acuerdos sobre Derechos y Cultura Indígena,
mejor conocidos como Acuerdos de San Andrés. Con base
en dichos acuerdos la Comisión de Concordia y Pacificación
-integrada con representaciones de los poderes Legislativo
y Ejecutivo Federal, así como una representación
del estado de Chiapas- por acuerdo de las partes en conflicto
había laborado desde noviembre de 1996 elaboró
una propuesta de reforma constitucional que los rebeldes aceptaron
pero el gobierno rechazó y por eso no se envió
al Congreso de la Unión sino hasta el 5 de diciembre
del año 2000 –cuatro años después-,
cuando el Partido Revolucionario Institucional (PRI) había
perdido las elecciones para Presidente de la república
y gobernaba el Partido Acción Nacional (PAN), de orientación
derechista.
Por otro lado el proceso también fue controvertido
por el tipo de derechos que se buscaba incorporar en la Constitución
Federal y lo que eso implicaba. De por si una reforma a la
Carta Magna no es un asunto cualquiera, pues no se trata de
la reforma a una de las leyes del orden jurídico, sino
de aquella sobre la cual descansa el pacto federal, es decir,
la que determina el tipo de organización política
que los habitantes de un Estado se dan para poder organizar
su vida social. En estricto sentido una reforma constitucional
más que modificar el orden jurídico transforma
las bases políticas sobre las que descansa. Pero en
este caso, además de eso, se trataba de reconocer por
primera vez desde que se formó el Estado Mexicano,
a los pueblos indígenas como parte fundante de la nación
y sus derechos colectivos. En otras palabras, no se trataba
de un proceso para reformar una ley que otorgara más
derechos individuales a las personas que pertenecen a algún
pueblo indígena de los 62 existentes en el país,
sino de reconocer nuevos sujetos de derechos con derechos
específicos.
Pero nada de eso sucedió. De acuerdo con el contenido
de la reforma publicada en el Diario Oficial de la Federación
se adicionó un segundo y tercer párrafos al
artículo 1º, se reformó el artículo
2º, se derogó el párrafo primero del artículo
4º, se adicionó un sexto párrafo al artículo
18 y un último párrafo a la fracción
tercera del artículo 115 de la Constitución
Política de los Estados Unidos Mexicanos. Sin embargo
el contenido de estas modificaciones se apartó de lo
pactado en los acuerdos de San Andrés y por lo mismo
no satisfizo a ninguna de las partes, quienes de inmediato
la rechazaron. Los pueblos indígenas de México
fueron más allá. Por medio de los municipios
ubicados en sus territorios interpusieron alrededor de 330
controversias constitucionales demandando la nulidad del proceso
legislativo, por las serias violaciones que se cometieron
durante el proceso de reforma, pero la Suprema Corte de Justicia
de la Nación determinó que eran improcedentes
y no entró al estudio de los argumentos. Así
se cerró toda posibilidad de establecer un diálogo
entre el estado y los pueblos indígenas. Decepcionados,
estos regresaron a sus comunidades a construir sus autonomías.
Tiempos de autonomías
Cancelada la posibilidad de reconocer los derechos de los
pueblos indígenas, lo mismo que el diálogo por
la vía institucional, diversas organizaciones indígenas
llamaron a construir autonomías de hecho. La propuesta
no era novedosa. Ya varias organizaciones se encontraban en
esos procesos desde años atrás. Tan sólo
en el estado de Chiapas, desde octubre de 1994 el Consejo
Estatal de Organizaciones Indígenas de Chiapas (CEOIC)
y la Asamblea Estatal del Pueblo Chiapaneco (AEPCH) llamaron
a formar Regiones Autónomas Multiétnicas. En
esas mismas fechas comunidades indígenas ligadas a
la Central Independientes de Obreros Agrícolas y Campesinos
(CIOAC) constituyeron la región autónoma Norte
del estado, que abarcó diez municipios previamente
existentes; el Movimiento Campesino Regional Independiente
(MOCRI) estableció el municipio independiente de “Marqués
de Comillas” en el municipio oficial de Ocosingo, al
tiempo que en ese mismo municipio la Coalición de Organizaciones
Autónomas de Ocosingo (COAO) conformaban gobiernos
autónomos y ocupaban el poder formal; mientras en el
de Las Margaritas, el Frente Independiente de Pueblos Indígenas
(FIPI) proclamó la región autónoma Fronteriza.
Otras fuerzas políticas como la Organización
Indígena de los Altos de Chiapas (ORIACH), el Movimiento
Democrático de Chalchihuitán (MODECH), la Organización
Indígena de Cancuc (OIC) y la Organización Indígena
Samuel Satik (OIS) declararon autonomías en los territorios
donde tenían influencia. La demanda indígena
de autonomía había adquirido carta de naturalización
entre los movimientos indígenas. Se trataba de un reclamo
construido durante años y que la rebelión zapatista
había colocado como el eje en torno al cual se darían
después las movilizaciones.
El inicio de procesos de construcción de gobiernos
autónomos, como las discusiones anteriores a ellos,
corrió a cargo de organizaciones indígenas que
ya tenían años trabajando el tema y la rebelión
zapatista les había proporcionado la coyuntura necesaria
para proceder a su implementación. Pero el EZLN, de
manera directa, realizó el mismo esfuerzo, instalando
sus propios gobiernos autónomos en los territorios
que controlaba. En el mes de diciembre de ese mismo año,
como parte de su campaña “Paz con Justicia y
Dignidad”, informó de la creación de 38
municipios autónomos . De igual manera, el Congreso
Nacional Indígena, el movimiento que aglutinó
a las organizaciones indígenas independientes a partir
del año de 1996, impulsó una política
similar meses después. A estos esfuerzos, que tuvieron
impacto nacional, siguieron otros de menor impacto político
pero en algunos casos más efectivos: en el Estado de
Guerrero después se crearía en municipio Rancho
Nuevo de la Democracia y tiempo después algunas comunidades
de Michoacán y el Estado de México se declararon
autónomas. Paralelamente a ello, otras comunidades
estaban luchando por ejercer su autonomía, muchas veces
sin declararlo así, como sería el caso de la
Policía Comunitaria y el municipio Amuzgo de Xochixtlahuaca,
en el Estado de Guerrero, y las luchas de las comunidades
zapotecas agrupadas en el Consejo Unihidalguense en el Municipio
de Juchitán, las mixes de San Miguel Quezaltepec, las
mixtecas de San Isidro Vistahermosa y Yosotatu, en el municipio
de Tlaxiaco, y las de la región triqui alta, en el
estado de Oaxaca.
Con el paso del tiempo varios de esos procesos sucumbieron
porque no contaron con la participación mayoritaria
de las comunidades involucradas, o porque los líderes
de las organizaciones que los impulsaron no resistieron las
ofertas gubernamentales para abandonarlos, o también
porque cuando no aceptaron la coptación oficial la
represión se encargó de someterlos. Sólo
sobrevivieron aquellos que contaron con la suficiente fuerza
y una dirección política capaz de resistir la
embestida gubernamental. Pero antes de desaparecer nos dejaron
importantes enseñanzas, tanto en sus aciertos como
en sus errores, para trazar el camino hacia el futuro.
Que aquel llamado a construir autonomías de hecho
no hubiera sido una propuesta novedosa no le restaba ningún
mérito. En una coyuntura en donde el Estado mexicano
había cerrado todas las puertas a los pueblos indígenas
para el reconocimiento y ejercicio de sus derechos, constituía
una respuesta inteligente y oportuna, en la medida que no
apostaba por la resignación ni por la violencia como
muchos esperaban sino, retomando la experiencia histórica
de los pueblos indígenas, buscaba concretar en los
hechos lo que se buscó que el gobierno reconociera
en las leyes. El problema era el porqué y cómo
hacerlo, para evitar el riesgo de que se convirtiera en una
propuesta vacía, que podía llenarse de muchos
contenidos: diluirse en declaraciones públicas sin
sustento de base; o bien, que su lugar fuera ocupado por proyectos
surgidos desde el gobierno, o también radicalizarse
al grado sólo enfrentarlo sin ninguna propuesta de
futuro. En esa situación, más que ponerse a
discutir sobre el problema, las comunidades indígenas
avanzaron y en el camino resolvieron algunos de los problemas
que aparentemente no tenían solución, con lo
cual nos aportaron una experiencia cuyos impactos todavía
no es posible evaluar en su totalidad.
El momento culminante de estos procesos lo volvió
a dar el EZLN. En el mes de julio del año 2003 anunció
la desaparición de los Aguascalientes, espacios que
durante casi diez años le sirvieron para establecer
interlocución con los movimientos sociales de México
y el mundo. Junto con esa desaparición los zapatistas
anunciaron la creación de Caracoles y Juntas de Buen
Gobierno, especies de gobiernos regionales que quedaron instalados
el nueve de agosto de ese mismo año. Al gobierno federal
la medida lo desconcertó al grado que las primeras
declaraciones del Secretario de Gobernación fueron
en el sentido de no permitir que los zapatistas llevaran a
cabo sus planes, para días después rectificar
y decir que las Juntas de Buen Gobierno eran totalmente constitucionales,
como una forma de sumir que “no pasaba nada” y
no desatar un problema que se les saliera de las manos.
Las razones autonómicas
Lo primero que se vio en esta nueva etapa de las luchas de
los pueblos indígenas es que la construcción
de autonomías representa una propuesta concreta a la
necesidad de formular, desde los propios pueblos y de manera
seria y profunda, una política que de respuesta a la
pluriculturalidad de la sociedad mexicana, situación
reconocida en la reforma constitucional impugnada pero negada
en la realidad. Porque el reconocimiento de la pluriculturalidad
de la sociedad, sustentada en la presencia de sus pueblos
indígenas –como dice la Constitución Federal-,
debería obligar al Estado y a la sociedad a reconocer
a los pueblos indígenas como sujetos de derecho colectivo,
y en consecuencia a garantizarle sus derechos, lo cual conllevaría
a su vez a modificar las bases sobre las que se funda el Estado
nacional, para que los incluyan, y de esa manera los pueblos
indígenas como tales sean parte integrante del Estado,
sin dejar de ser lo que son, pero sin conservar su condición
de sociedades colonizadas. En otras palabras, las autonomías
que los pueblos indígenas luchan por construir son
necesarias porque existen diversas sociedades con culturas
diferentes a la dominante, con presencia previa inclusive
a la formación del Estado nacional y que a pesar de
las políticas colonialistas impulsadas contra ellos
conservan su propio horizonte de vida. Las autonomías
son cuestiones de derecho, no de políticas. Crean obligaciones
de Estado con los pueblos indígenas, no le dan facultades
para que desarrolle las políticas dirigidas a ellos
y que a él le parezcan convenientes.
Lo anterior es fundamental para entender tanto el reclamo
de reconocimiento constitucional del derecho a la autonomía,
como los procesos para implementarlas de hecho. Porque en
su origen el Estado mexicano –como los demás
Estados latinoamericanos- se fundó bajo la idea de
una sociedad homogénea, compuesta de individuos sometidos
a un sólo régimen jurídico y político
y por lo mismo con iguales derechos para todos. Pero eso resolvería
un problema normativo, no la realidad social en que los pueblos
indígenas se han desenvuelto, que siempre resulta ser
más compleja. La legislación que durante todo
el siglo XIX y parte del XX se elaboró sobre esta materia
fue para negar estos derechos, no para reconocerlos, lo cual,
dicho de paso, nos aclara que no todas las leyes reconocen
derechos, hay algunas que los niegan. Los indígenas
han entendido esto por eso se rebelan ante una legislación
que no cumple con sus expectativas, porque no les garantiza
ni siquiera derechos mínimos. Ellos reclaman derechos
fundamentales que saben o intuyen que existen, más
allá de los contenidos de las legislaciones estatales.
A contrapelo de esta realidad, el gobierno mexicano se ha
apropiado del discurso del movimiento indígena, despojándolo
de su contenido y ha comenzado a hablar de una ‘nueva
relación entre los pueblos indígenas y el gobierno’,
así como de elaborar ‘políticas transversales’,
con la participación de los interesados, cuando en
realidad sigue impulsando los mismos programas indigenistas
de hace años que los pueblos indígenas rechazan.
Para legitimar su discurso y sus acciones ha incorporado a
la administración pública algunos líderes
indígenas que por mucho tiempo habían luchado
por la autonomía, quienes les sirven de pantalla para
mostrar una continuidad que presentan como cambio.
En estas condiciones la decisión de los movimientos
indígenas de impulsar las autonomías de hecho
resulta una política correcta y una práctica
consecuente para el movimiento indígena. Pero no es
una tarea fácil. En la realidad cotidiana, esta situación
genera problemas que requieren solución para la consolidación
de los procesos autonómicos. Entre ellos se pueden
mencionar los sujetos de la autonomía, los contenidos
de ella y los procesos para su construcción.
Los sujetos de las autonomías
Si se asume que la autonomía es una expresión
concreta del derecho de la libredeterminación y que
éste es un derecho de los pueblos, no se puede olvidar
que los sujetos titulares de los derechos indígenas
son los pueblos indígenas, no las comunidades que los
integran, menos las organizaciones que ellos construyen para
impulsar su lucha. Es por eso que junto con la construcción
de las autonomías los movimientos indígenas
asumen el compromiso de su reconstitución. En esta
coyuntura específica, dada la fragmentación
en que se encuentra la mayoría de los pueblos indígenas,
las comunidades resultan importantes para articular sus luchas
de resistencia y construcción de las autonomías,
pero no renuncian a la utopía de reconstituir los pueblos
indígenas de los que forman parte, para que éstos
asuman la titularidad del derecho. Por esa razón la
defensa de los derechos comunitarios la hacen al mismo tiempo
que establecen relaciones con otras comunidades y pueblos
de sus países y de otros, para apoyarse mutuamente
en sus demandas propias pero también enarbolando demandas
comunes.
En otras palabras, se necesita que los pueblos indígenas
se conviertan en sujetos políticos plenos superando
las divisiones internas y los conflictos intercomunitiarios
en que muchas veces viven, para lo cual combaten las causas
que los provocan, entre las cuales existen unas externas y
otras internas. Entre las primeras sobresalen los diseños
institucionales de los Estados, que los excluyen, así
como las políticas de dominación ejercida en
la vida cotidiana; mientras en las internas se pueden contar
problemas concretos de la vida de las comunidades y los intereses
de sus habitantes, que chocan con los de sus vecinos. Como
es lógico entender, a cada uno de estos problemas les
dan un tratamiento distinto. A los primeros los ven como parte
de sus luchas de emancipación, mientras a los segundos
los tratan como parte de su resistencia para no dejar de ser
pueblos indígenas.
Un problema externo que los pueblos indígenas han
encontrado para poder ser sujetos políticos es que
en la mayoría de los casos están políticamente
desestructurados. En esto han pesado bastante las políticas
de colonialismo ejercidas desde los órganos de gobierno,
para subordinarlos a los intereses de la clase en el poder.
Un ejemplo concreto de estas políticas es que los pueblos
indígenas numéricamente grandes se encuentran
divididos entre varios estados. Sólo por excepción
se puede encontrar un pueblo indígena numéricamente
grande que pertenezca a un mismo estado. La historia demuestra
que los pueblos indígenas que han sorteado la división
administrativa estatal son aquellos que han resistido de diversas
maneras, incluida la violencia, para seguir siendo lo que
son. Es el caso de los triquis, en el Estado de Oaxaca, o
de los yaquis, en el de Sonora.
La misma situación se presenta en los municipios estructuran
los gobiernos locales. Por eso los pueblos indígenas
insisten en denunciar que este tipo de organizaciones políticas
y administrativas constituyen estructuras con demarcaciones
ajenas a ellos y han servido más para dividirlos y
subordinarlos al poder estatal que para poder organizar su
vida, además de que muchos están controlados
por mestizos. Desde ahí se les impide ejercer sus derechos
políticos y por lo mismo participar en las grades decisiones
de la vida nacional.
Los pueblos indígenas saben que en esta situación
la construcción de autonomías muy pocas veces
puede hacerse desde esos espacios, porque aún cuando
tuvieran el control de los gobiernos locales, su estructura
y funcionamiento responde a la lógica estatal, limitando
sus facultades a las que resultan funcionales para su control;
pero en el peor de los casos podría llevar a que, en
nombre de los derechos indígenas, se entregara el poder
a los grupos de mestizos, muchas veces caciquiles, y estos
lo usaran en contra de los pueblos indígenas. Los municipios
oaxaqueños saben muy bien de esto, pues después
de diez años de que se reconociera en la ley su derecho
a elegir sus autoridades por el sistema de usos y costumbres,
el gobierno ha encontrado nuevas formas de subordinarlos,
creando organizaciones de municipios por usos y costumbres
o reteniendo las partidas presupuestales que por ley les corresponde.
Y a los que logran sortear estos escollos los mete a la cárcel
o de plano los mata.
Por otro lado saben que las comunidades indígenas
de un mismo pueblo se encuentran divididas y enfrentadas entre
ellas, por diversas razones, que van desde la tenencia de
la tierra, el uso de los recursos naturales, las creencias
religiosas o las preferencias políticas, entre otras.
En otros casos se presentan problemas ficticios o creados
por actores externos a las comunidades que los sufren. Para
enfrentar estos problemas los pueblos indígenas interesados
hacen esfuerzos por identificar las causas de la división
y el enfrentamiento, ubicar las que tienen su origen en problemas
de las propias comunidades y buscarles solución. De
igual manera buscan evidenciar los problemas creados desde
fuera y buscar la forma de rechazarlos.
A la división de los pueblos y los conflictos comunitarios
se agrega el hecho de que las comunidades indígenas
se encuentran subordinadas políticamente a las redes
de poder regional. Para la construcción de estas redes
donde las comunidades quedan atrapadas confluyen muchos factores,
algunos de ellos no perceptibles a simple vista. Uno es el
carácter monocultural y de clase del Estado, que responde
a los intereses de los grupos económicos y políticos
que le dan sustento. El Estado crea las condiciones para que
estos grupos sigan manteniendo el poder porque son ellos quienes
le crean las condiciones a él para su existencia. En
muchos casos son los grandes comerciantes y los representantes
de consorcios internacionales, que ligados a agentes regionales
y a los especuladores detentan el poder. A ellos y no a los
pueblos indígenas les sirve el Estado porque ellos
también están a su servicio.
En esta situación los intereses de las comunidades
indígenas quedan subordinados a los grandes planes
programas de éstos para defender sus intereses. En
el aspecto económico los indígenas difícilmente
pueden acceder a los espacios del comercio que aquellos se
han apropiado, a menos que dejen de ser indígenas.
Para ellos queda reservado el mercado de frutas y hortalizas
en menor escala y el papel de vendedores y revendedores en
los tianguis semanales. En el aspecto político siguen
siendo el voto cautivo de candidaturas que se deciden en las
grandes esferas de la política estatal o nacional,
donde ellos no tienen ninguna injerencia.
Estos son aspectos que se construyen bajo el discurso de
la igualdad de todos los ciudadanos, apuntalados por la idea
de la nación mestiza, para quienes las culturas indígenas
sólo existen como folclor, para lucirse en las fiestas
regionales o para consumo de turistas. Plantear la construcción
de procesos autonómicos sin romper los nudos y redes
que los grupos de poder construyen resulta una utopía
inviable. Pero para lograr romperlos se requieren muchas cosas.
La primera de ella, trascender las fronteras de los otros
y asumirse culturalmente diversos, con todo lo que esto implica.
Los contenidos de las autonomías
Ahora bien, la lucha por la instalación de gobiernos
autónomos indígenas representa un esfuerzo de
los propios pueblos indígenas por construir regímenes
políticos diferentes a los actuales, donde ellos y
las comunidades que los integran puedan organizar sus propios
gobiernos, con facultades y competencias específicas
acerca de su vida interna. Ese es el primer problema que enfrentan
quienes han decidido caminar ese camino ya que las posibilidades
de lograrlo se encuentran determinadas por la naturaleza de
las relaciones históricas de subordinación en
que se encuentran y el carácter sociopolítico
del régimen político del Estado en que las autonomías
pretenden construirse y practicarse. Los pueblos indígenas
no ignoran que para la construcción de ellas sus prácticas
política van a contrapelo de una legislación
que minimiza la posibilidad de su ejercicio hasta casi pulverizarlo,
al grado de colocarlos fuera de las reglas legales dictadas
por el Estado; que el régimen político actual
no cuenta con políticas públicas que las favorezcan,
sino otras de carácter asistencial que las niegan y
que el tránsito a la democracia sigue siendo una asignatura
pendiente en muchos sentidos.
Ellos entienden el contexto y no ignoran que en términos
políticos la construcción de autonomías
indígenas implica que las comunidades y los pueblos
le disputen el poder a los grupos políticos regionales
que los detentan y que para lograr este fin no pueden caminar
sólo por los causes institucionales marcados por el
Estado, porque están construidos en base a una ideología
mestiza que niega la posibilidad de una ciudadanía
étnica, aunque tampoco fuera de las reglas creadas
por él mismo, sino abriendo otros que rompan la subordinación
de los pueblos y comunidades indígenas. En otras palabras,
no se trata de luchar contra los poderes establecidos para
ocupar los espacios gubernamentales de poder sino de construir
desde las bases contrapoderes capaces de convertir a las comunidades
indígenas en sujetos políticos con capacidad
para tomar decisiones sobre su vida interna, al tiempo que
modifican las reglas por medio de las cuales se relacionan
con el resto de la sociedad, incluidos otros pueblos indígenas
y los tres niveles de gobierno.
Con la decisión de construir autonomías, los
pueblos indígenas buscan dispersar el poder para posibilitar
su ejercicio directo por las comunidades indígenas
que lo reclaman. Es una especie de descentralización
que nada tiene que ver con la que desde el gobierno y con
el apoyo de instituciones internacionales se impulsa, que
en el fondo pretende hacer más efectivo el control
gubernamental sobre la sociedad. La descentralización
de las que aquí se habla, la que los pueblos y comunidades
indígenas que avanzan por caminos autónomos
nos están enseñado, pasa por la edificación
de formas paralegales de ejercicio del poder, diferentes a
los órganos de gobierno, donde las comunidades puedan
fortalecerse y tomar sus propias decisiones. Incluye asimismo
la necesidad de transformar las relaciones con otros poderes
como los económicos, religiosos y políticos,
se encuentren institucionalizados o no dentro de las leyes,
pues no tiene ningún sentido construir un poder distinto
que se ejecutará en las mismas condiciones de aquel
que se pretende combatir. Esto a su vez reclama que al interior
de las comunidades indígenas ellas mismas realicen
los ajustes necesarios para que ese poder sea ejercido con
la participación de todos o la mayoría de sus
integrantes y no caiga en manos de grupos de poder locales
que lo usen en nombre de la comunidad pero para su propio
beneficio. Las autonomías transforman las relaciones
de los pueblos con las comunidades que los integran, pero
también las de éstas con los ciudadanos que
forman parte de ellas.
Cuando los pueblos indígenas deciden construir autonomías
han tomado una decisión que va contra las políticas
del Estado y obliga a quienes optan por ese camino a iniciar
procesos políticos de construcción de redes
de poder, capaces de enfrentar la embestida estatal, contrapoderes
que les permitan afianzarse ellos mismos como una fuerza con
la que se debe negociar la gobernabilidad y poderes alternativos
que obliguen al Estado a tomarlos en cuenta. Por eso la construcción
de autonomías no puede ser un acto voluntarista de
líderes “iluminados” o de una organización,
por muy indígena que se reclame. En todo caso requiere
la participación directa de las comunidades indígenas
en los procesos autonómicos. En otras palabras, se
necesita que las comunidades indígenas se constituyan
en sujetos políticos con capacidad y ganas de luchar
por sus derechos colectivos, que conozcan la realidad social,
económica, política y cultural en que se encuentran
inmersos, así como los diversos factores que inciden
en su condición de subordinación y los que pueden
influir para trascender esa situación, de tal manera
que les permita tomar una posición sobre sus actos.
Con su lucha por la autonomía los pueblos y comunidades
indígenas trascienden las visiones folcloristas, culturalistas
y desarrollistas que el Estado impulsa y muchos todavía
aceptan pasivamente. Porque la experiencia les enseña
que para hacerlo no basta con que se reconozca en alguna ley
su existencia y algunos derechos que no se opongan a las políticas
neoliberales, o los aportes culturales de los pueblos indígenas
a la constitución multicultural del país; tampoco
es suficiente que los gobiernos destinen fondos específicos
para impulsar proyectos de desarrollo en las regiones indígenas
que siempre son insuficientes y se aplican en actividades
y por las formas decididas desde el gobierno, que despojan
a las comunidades de todo tipo de decisión y niegan
su autonomía. Estas son políticas que si bien
expresan que buscan modificar las prácticas de asimilación
y aculturación impulsadas desde hace años por
el indigenismo, no dejan de reproducir las relaciones de subordinación
de los pueblos indígenas con respecto a la sociedad
mestiza y hasta legitiman las políticas de negación
de los derechos indígenas. Por el contrario, se requiere
desmitificar el carácter “neutral” del
Estado y mostrar su carácter de clase, evidenciando
que se encuentra al servicio de la clase dominante y los agentes
políticos, económicos, sociales que la sustentan.
Los pueblos indígenas saben que construir y transitar
este camino sin quedar a la mitad de él es difícil,
por eso cada que deciden hacerlo antes fijan antes sus objetivos
y ven la manera de hacerlo para que sea posible llevarlo a
cabo. Una vez asegurado lo anterior, colocan junto a ellos
algunos más generales que sirvan para establecer alianzas
con otras comunidades. En algunos casos pueden ser las demandas
de las mismas comunidades, como las del pueblo mixteco de
Oaxaca que luchan para obligar a los gobiernos a impulsar
programas generales para la solución de conflictos
agrarios, defensa de la tierra, o promoción de derechos.
Pero no por eso se olvidan de demandas más amplias,
que importan a todos los ciudadanos, como la reforma del Estado
autoritario por otro democrático y multicultural, la
lucha por la soberanía alimentaria, contra la privatización
de la energía eléctrica y el petróleo
y los recursos naturales. Esto los pueblos lo han aprendido
en la práctica. No es casualidad que la rebelión
zapatista en el Estado mexicano, haya comenzado el primero
de enero de 1994, cuando entraba en vigencia el Tratado de
Libre Comercio de este país con los Estados Unidos
y Canadá, o que las demandas nacionales de los movimientos
indígenas incluyan la defensa de la energía
eléctrica y el petroleo contra la pretensiones del
gobierno de entregarlos al capital transnacional o la defensa
de los recursos naturales existentes en sus territorios contra
los intentos del capital de apropiarse de ellos.
De igual manera saben que la lucha por la autonomía
no puede ser una lucha sólo de los pueblos indígenas.
Por eso construyen relaciones de solidaridad con los otros
sectores de la sociedad, apoyándose mutuamente en sus
luchas propias, al tiempo que se impulsan demandas comunes.
En este sentido cobra importancia cuidar con quien se establecen
las alianzas, porque existen sectores y organizaciones sociales
que discursivamente aceptan defender los derechos indígenas
pero en la práctica hacen lo contrario, como sucede
con algunos partidos políticos que han manifestado
defender los derechos de los pueblos indígenas pero
sus legisladores votan iniciativas de leyes que atentan contra
ellos; o los partidos de la izquierda que en muchos casos
todavía intentan subsumir la demanda específica
de los pueblos indígenas a la de la sociedad en general,
o participar de sus luchas solo si se ajustan a la estructura
vertical ycorporativista de ellos. Igual sucede con algunas
organizaciones indigenistas que en el discurso defienden el
derecho de los pueblos indígenas a su autonomía
pero su práctica están más ligadas a
las políticas del Estado y su aspiración es
vivir del presupuesto público.
Los procesos autonómicos
Hemos dicho líneas atrás que los movimientos
indígenas por la construcción de las autonomías
representan a los nuevos movimientos indígenas y que
éstos son novedosos tanto por su demanda como por los
actores políticos y sus formas de acción colectiva.
Parafraseando a Alberto Melucci, también podríamos
afirmar que los movimientos indígenas son profetas
del presente, que lo que ellos poseen no es la fuerza del
aparato sino el poder de la palabra y con ella anuncian los
cambios posibles, no para el futuro distante sino para el
presente; obligan a los poderes a mostrarse y les dan forma
y rostro, utilizando un lenguaje que les que tal pareciera
es exclusivo de ellos, pero lo que dicen los trasciende y
al hablar por ellos hablan por todos.
Y es cierto, porque como hemos visto, los pueblos indígenas
al recurrir a su cultura y prácticas identitarias para
movilizarse en defensa de sus derechos, cuestionan las formas
verticales de la política al tiempo que ofrecen otras
horizontales que a ellos les funcionan, porque las han probado
en siglos de resistencia al colonialismo. Se trata de prácticas
surgen precisamente cuando las organizaciones tradicionales
de partidos políticos, sindicatos u otras de tipo clasista
y representativo entran en crisis y la sociedad ya no se ve
reflejada en ellas. Estas prácticas políticas
se expresan de muchas maneras, desde una guerrilla posmoderna
como ha sido calificada la rebelión del EZLN, hasta
las largas caminatas de las comunidades mixtecas en defensa
de su patrimonio, o el “aislamiento” de las comunidades
wirrárikas a sus territorios; o el sistema de seguridad
pública de mixtecos, tlapanecos y mestizos para garantizar
la justicia entre los pueblos de Guerrero, hasta la resistencia
directa de los compañeros de La Parota para oponerse
a la construcción de una presa hidroeléctrica
que prácticamente acabaría con ellos.
En estas luchas los pueblos indígenas en lugar de
recurrir a sofisticadas teorías políticas para
armar sus discursos recuperan su memoria histórica
para fundamentar sus demandas y sus prácticas políticas,
lo cual le da un toque distintivo, simbólico si se
quiere, de los nuevos movimientos indígenas. Influidos
del ejemplo del EZLN, recuperan la memoria de Emiliano Zapata,
el incorruptible general del Ejército del Sur durante
la revolución de 1910-17, cuya demanda central fue
la restitución de las tierras usurpadas a los pueblos
por los hacendados; pero no es el único pues también
en las regiones se recupera la memoria de los héroes:
Tetabiate y Juan Banderas, entre los yaquis de Sonora; Jacinto
Canek, entre los mayas peninsulares; Hilarión entre
los triquis; Ocho Venado Garra de Juguar, entre mixtecos,
por mencionar algunos. Héroes locales y nacionales
vuelven a hacerse presentes en la lucha para guiar a sus huestes,
como si hubieran estado descansando, esperando el mejor momento
para volver a la lucha.
Junto a su memoria histórica los pueblos vuelven la
vista a lo que tienen para hacerse fuertes y cansados de tanta
desilusión por las organizaciones políticas
tradicionales retoman las de ellos: sus sistemas de cargos.
Por eso quienes desconocen sus formas propias de organización
llegan a afirmar que actúan de manera anárquica,
que así no se puede, que con ello contribuyen a la
dispersión y eso es un mal ejemplo para la unidad de
los oprimidos, explotados y excluidos. Pero los pueblos saben
lo que les conviene y usan formas organizativas propias porque
les han funcionado por años, sin importarles que otros
no las compartan. Por eso las practican y las fortalecen,
adaptándolas a sus necesidades.
Claro, para avanzar hacia formas de lucha mas amplias buscan
superar sus propias formas de organización, que la
mayoría de las veces son locales. Y justo aquí
es en donde entra el peligro de suplantar a los pueblos indígenas
como sujetos de la construcción de los procesos autonómicos,
porque en ese eslabón entre lo local y lo regional
o nacional muchas organizaciones indígenas se apartan
de la participación colectiva de las comunidades y
en lugar de dispersar el poder para que todos participen en
su ejercicio y controlen el uso que otros hacen de él,
crean estructuras paralelas a las de los pueblos indígenas
y actúan en su nombre como si fueran lo mismo, lo que
constituye una salida falsa que aunque en el corto plazo pueda
traer algunas ventajas, a la larga también puede convertirse
en un gran problema, pues se trata de una postura que no responde
a una visión indígena sino de prácticas
ajenas a las comunidades.
Sólo los pueblos y las comunidades indígenas
pueden evitar la tentación de que las organizaciones
indígenas caigan en la tentación de suplantarlos.
Una forma de hacerlo podría ser que se deslindara claramente
entre la organización indígena propiamente dicha
–la que responde a las estructuras propias de las comunidades-
y la organización de indígenas, que no responde
a la realidad indígena sino a las necesidades de hacerse
escuchar en el ámbito regional o nacional. Ambos tipos
de organización no son excluyentes pero las segundas
deben tener cuidado de que siempre y en todo momento el eje
de la autonomía recaiga en las primeras y las otras
les sirvan de apoyo, sin suplantarlas. Si este último
caso se presentara estaríamos ante un nuevo caso de
subordinación y lo peor es que sería con el
discurso de ayudar la los pueblos indígenas a alcanzar
su liberación.
Lo mismo vale para los miembros de ellas y algunos de sus
líderes. La sociedad nacional, ansiosa de tener interlocutores
“validos” dentro de las comunidades indígenas,
muchas veces intenta convertir –y a veces lo logra-
en líderes a los indígenas que por una u otra
razón han trascendido las barreras comunitarias, sobretodo
aquellos que por haber accedido a estudios superiores se han
convertido en ‘intelectuales orgánicos’
de sus comunidades. Cuando esto sucede se crean líderes
a modo que pueden tener mucha presencia nacional pero que
en las comunidades muchas veces no tienen ningún reconocimiento
porque no cumplen sus obligaciones y a veces hasta están
en contra de ella. La historia reciente de los movimientos
indígenas tiene muchos ejemplos de esto, que también
opera contra la construcción de procesos autonómicos.
Mención aparte merecen aquellas organizaciones que
se han constituido conforme a las reglas que el Estado, el
mismo que niega las autonomías, ha diseñado
para la participación política y desde ahí
luchan junto con los movimientos indígenas por la construcción
de la autonomía. Al aceptar las reglas del juego impuestas
desde el Estado y ajustar sus actos a ellos no pueden ser,
propiamente hablando, movimientos autonomistas, cuando mas
aliados de aquellos. Se trata de organizaciones o partidos
políticos que apuestan a la ocupar puestos administrativos
en la institucionalidad gubernamental y desde ahí transformarlas,
cosa que se antoja difícil, pues lo que más
se ha visto es que el Estado los transforma a ellos. Como
dijo un indígena mixteco, quieren montarse en un caballo
viejo y cansado que lleva un rumbo equivocado y así
no se va a ningún lado.
Con estas organizaciones se debe tener mucho cuidado. Mientras
mantengan la congruencia entre su discurso y su práctica
no existe ningún problema de tejer alianzas con ellas,
pero la experiencia enseña que cuando llevan mucho
tiempo en el gobierno o abandonan la lucha, o se alejan de
sus antiguos compañeros –caso en el que solo
hay que lamentar la pérdida de antiguos compañeros-,
o continúan actuando como si nada hubiera pasado cuando
en realidad ellos ya operan más como agentes del Estado
que como lideres indígenas. Estas prácticas
ya llevan años con diferentes matices y resultados
en todos los países.
Lo que viene
¿A dónde nos van a conducir los procesos de
construcción de las autonomías indígenas?
Es una pregunta a la que nadie puede dar respuesta porque
no la tienen los movimientos sociales. Los actores de este
drama se trazan su horizonte utópico pero que lo logren
no depende de enteramente de ellos sino de muy diversos factores,
la mayoría fuera de su control. De lo que se puede
estar seguro es que el problema no encontrará solución
en la situación en que actualmente se encuentran el
Estado, por eso las luchas de los pueblos indígenas
por su autonomía no tienen retorno. Ni la guerra zapatista
en el Estado Chiapas, el sistema de seguridad comunitario
en el Estado de Guerrero, los conflictos agrarios en todo
el país, la lucha contra la privatización de
los recursos naturales en Chiapas, Guerrero, Estado de México
o Jalisco, o los proyectos de desarrollo indígena de
diversas comunidades, tendrán solución de fondo
si el Estado no se refunda. Pero también es cierto
que los estados no se refundarán sin tomar en serio
a sus pueblos indígenas. El reto entonces es en doble
sentido: los Estados nacionales deben refundarse tomando en
cuenta a sus pueblos indígenas y estos deberían
incluir dentro de sus utopías el tipo de Estado que
necesitan y luchar por él. De eso se tratan las autonomías
indígenas y las luchas por construirlas.
Pero eso no vendrá como concesión del Estado.
Y tampoco los movimientos indígenas podrán lograrlo
si no unen esfuerzos en una coordinación efectiva,
formulan un plan de lucha mínimo en donde todos se
sean reflejados y elaboran una política de alianzas
con otros sectores sociales en lucha. La fallida reforma constitucional
del 2001, que contando con un gran apoyo popular fue mediatizada
por la clase política, es el mejor ejemplo de que los
derechos de los pueblos indígenas, como los de los
otros movimientos sociales del país, sólo serán
posible en la medida en que se articulen internamente, fijen
con claridad sus objetivos a mediano y largo plazo y tracen
una estrategia y una táctica para lograrlo, acordes
a la situación del país.
El movimiento indígena mexicano necesita coordinarse
porque desde 1998, cuando el gobierno mexicano lanzó
su embestida para “achicar” la demanda indígena,
se ha venido dispersando y no ha podido recuperarse del todo.
En algunas regiones se han logrado algunas alianzas coyunturales
pero la imagen que ahora proyecta es que se encuentra disperso.
No es que no exista, sino que está desarticulado. Y
así, aunque sus demandas sean comunes, se presenta
fraccionado frente a un Estado que usa toda su fuerza para
someterlo.
Para resolver el problema de la coordinación es necesario
resolver cuestiones como las siguientes: ¿para que
debemos coordinarse? ¿qué tipo de coordinación
necesita? ¿quién debe participar directamente
en la coordinación? ¿sólo las autoridades
indígenas? ¿también los representantes
de organizaciones indígenas? ¿deben participar
en la misma circunstancia las autoridades indígenas
que los representantes de organizaciones? ¿cuál
debe ser el papel de los indígenas en lo particular?
Con respecto al plan de lucha es indispensable tener claro
¿cuáles son las demandas de los pueblos indígenas
en esta coyuntura política? ¿pueden agruparse
en algunos ejes temáticos las luchas? ¿la defensa
de los gobiernos autónomos puede ser un eje aglutinador?
¿la defensa de la integridad territorial y los recursos
naturales puede ser otro? ¿y los derechos humanos y
la lucha contra la represión? Por último para
resolver el asunto de las formas de lucha podemos preguntarnos
¿en que problemas se unir fuerzas para alcanzar los
objetivos? ¿quienes podrían coordinarse? ¿cómo
podrían hacerle para coordinarse? ¿en torno
a que asuntos podría darse la coordinación?
El ejercicio de reflexión que implica lo anterior puede
parecer pueril a muchos, pero los pueblos y las comunidades
indígenas necesitan de ese tipo de reflexiones para
salir adelante. Porque de que la autonomía va, no cabe
duda.
Por eso hay que celebrar que muchos pueblos y comunidades
indígenas hayan decidido no esperar pasivamente a que
los cambios vengan de fuera y se hayan enrolado en la construcción
de gobiernos autónomos, desatando procesos donde se
ensayan nuevas formas de entender el derecho, imaginan otras
maneras de ejercer el poder y construyen otros tipos de ciudadanías.
De acuerdo con estas ideas el derecho se mide mas que por
la eficacia de la norma que lo regula, por la legitimidad
de quien lo reclama; el poder tiene sentido en la medida en
que quien lo detenta lo reparta entre todo el grupo hasta
el grado de que a él no le cree privilegios, que es
en lo que se traduce el famoso “mandar obedeciendo”
zapatista; y la ciudadanía, es decir, la característica
que da sustento al ejercicio de los derechos políticos,
no se mide por alcanzar determinada edad sino porque se está
en actitud de asumir compromisos sociales y se cumple con
la comunidad, cualidad muy propia de las comunidades indígenas
en México.
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