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Dos proyectos DIFERENTES
BREVE ANÁLISIS COMPARADO
UN MÉXICO PARA TODOS (UMT)
Y
PROYECTO ALTERNATIVO DE NACIÓN (PAN)
Enrique Velázquez Zárate
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Dos proyectos DIFERENTES BREVE
ANÁLISIS COMPARADO UN MÉXICO PARA TODOS
(UMT) Y PROYECTO ALTERNATIVO DE NACIÓN (PAN)
|
*Enrique Velázquez Zárate
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Mayo de 2005
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I
EL CONTEXTO DEL DEBATE
La mayoría de los mexicanos sabe a
ciencia cierta que vive una situación insatisfactoria
- muchos hasta a la angustia-, por la sencilla razón
de que esa es su realidad cotidiana. De eso no tienen duda
alguna. Probablemente perciban menos claras las causas profundas
de esa situación, tanto como el quehacer para transformarla
en su beneficio.
Por ello es razonable que cuando se presenta
un proceso en el que está en juego el poder del Estado-Gobierno
nacional y, en esa medida, el destino del país, esa
mayoría piense que se trata de una oportunidad para
ejercer su poder electoral y transformar la situación
en su beneficio.
En esta lógica, se supone que las
fuerzas políticas que pugnan por hacerse del poder
para conducir al país, se ocupen en difundir su oferta
política para lograr tal fin, de modo que los ciudadanos,
concebidos como potenciales electores, puedan asumir decisiones
e inclinarse por alguna de ellas, en función de las
ideas vertidas en proyectos de nación que sustenten
programas de gobierno.
Ciertamente, sabemos que ello no sucede precisamente
así, sino que, cada vez más, las fuerzas y los
actores políticos pretenden conquistar a la ciudadanía
a través de estrategias mediáticas y manipuladoras
en las que invierten cifras desmesuradas de recursos y dinero,
de modo que suplen su oferta política con imágenes
y mensajes superficiales que no comprometen a nada cierto
y serio en el futuro, en una especie de calculado y perverso
ocultamiento, tal que se reservan el “derecho”
de dar gato por libre. El caso de Fox candidato convertido
en presidente es por demás ilustrativo. Esta lógica
realmente existente también se ha adueñado,
infortunadamente, de opciones políticas que, de acuerdo
con los principios democráticos que de origen las inspiran,
debieran rechazarla y combatirla.
El proceso político que invade al
país y que tiene como una estación de llegada
las elecciones del año 2006, ocurre en tales características
y tiene tales dimensiones que demanda imperativamente que
las fuerzas democráticas, populares y de izquierda
asuman la responsabilidad de rescatar y poner al día,
tanto a su interior como en la sociedad, el debate de las
ideas y las propuestas sobre el país y el gobierno
que se requiere para satisfacer las necesidades de todos los
mexicanos y, con ese sustento, convocar al electorado a sufragar
por un proyecto de nación y un programa de gobierno
amplio, plural, incluyente y democrático. Ello es así,
porque su futuro inmediato y de largo plazo será por
lo menos en extremo incierto, si sucede que las fuerzas conservadoras
–en cualquiera de sus expresiones- retienen el poder
a través del voto “útil”.
Sin duda, la mayoría de los mexicanos
está decepcionada porque la ilusión del cambio
que en el imaginario social representaba inicialmente el actual
gobierno, resultó un mayúsculo fracaso, lo que
equivale a decir que la propuesta que impulsó resultó
ser una opción no satisfactoria. Pero también
puede decirse que está desorientada, pues las otras
alternativas aparecen como inciertas: el PRI con su perversidad
manifiesta y dado el mayúsculo deterioro del PRD.
Desde esta lógica, es deber de las
variopintas fuerzas democráticas, populares y de izquierda
debatir y unificar la visión del país que se
desea construir y confrontarla abiertamente con la visión
que ofrecen las opciones políticas conservadoras. A
nuestro juicio, evadir esta responsabilidad no abona al objetivo
crucial de fortalecer la conciencia ciudadana, ni a una sólida
conquista del poder, ni a la real viabilidad de un eventual
ejercicio del gobierno nacional. Venga de donde venga, recurrir
a la manipulación perversa de las circunstancias para
imponer un punto de vista, evadiendo los métodos democráticos,
no conduce a la construcción de un proceso que propicie
un resultado positivamente profundo y en el largo plazo para
el país.
En ese sentido, es imperativo reconocer que,
en su esencia, las fuerzas de izquierda del país están
en una profunda crisis política que debe resolverse
de fondo. De otro modo, serán mayúsculas las
dificultades para sumir la confrontación con los adversarios,
tanto como para ejercer con éxito real la eventual
responsabilidad de gobernar a la República. Asumir
plenamente tal realidad, sería un invaluable mensaje
a la sociedad mexicana. Dicho otro modo: cualquier liderazgo
democrático por fuerte que sea o que se crea, enfrentará
el proceso con serias dificultades, salvo que se piense subjetivamente
que una “imagen” mediática fuerte es condición
suficiente para que se resuelva positivamente el proceso no
solo ni principalmente en su vertiente electoral sino de gobernabilidad.
Así las cosas, quienes impulsamos el proyecto Un México
para todos estamos plenamente dispuestos y decididos a contribuir
para que, a través de una amplia y plural coalición
de fuerzas, los ciudadanos asuman decisiones con sustento
en el debate y la difusión de las ideas sobre la realidad
mexicana y sobre los proyectos de país y de gobierno
por los cuales hay que luchar.
Continuar este necesario debate, supone reconocer
(vox populi) que desde la izquierda se han difundido de manera
abierta hasta ahora dos documentos cruciales. De una parte,
Un México para todos, coordinado en nombre de la Fundación
para la Democracia, la Fundación Rosenbuelth y un grupo
de personalidades diversas, por el ingeniero Cuauhtémoc
Cárdenas; y por otra, el Proyecto Alternativo de Nación,
signado personalmente por Andrés Manuel López
Obrador, actual Jefe de Gobierno del Distrito Federal.
En congruencia con la citada necesidad de
ubicar las ideas y el debate por encima de las estrategias
mediáticas, el presente trabajo ofrece elementos para
un análisis crítico y comparado de ambos documentos.
II
TEORÍA Y CONCEPTOS
Desde una mirada superficial, un análisis
contrastado de los documentos podría concluir que son,
sencillamente, semejantes hasta quedar iguales. Que las diferencias
conceptuales, de enfoque, de estructura temática, de
más o menos profundidad en ciertos elementos de lo
específico, son menores y que, por tanto, no vale la
pena invertir energía y perder el tiempo en esclarecerlas
o dirimirlas. En todo caso, habrá quien sostenga que
procede hacer simplemente un sencillo ejercicio de sinergia,
asociación o simbiosis, de modo tal que se construya
un solo documento. También se ha dicho que hay que
enfatizar las coincidencias y minimizar las diferencias, lo
que supone que, quizá, éstas últimas
no sean cruciales. El caso es que, desde una mirada más
detenida y atenta, se puede concluir que la cuestión
no es simple ni sencilla, cuando se analizan la lógica
y la integración general (construcción teórica),
los conceptos y las estrategias de cada documento y, más
aún, cuando aterrizan en lo específico (capítulos
temáticos).
Desde una lectura cuidadosa, en el caso de Un México
para todos se puede apreciar que el todo es el resultado de
la integración lógica de las partes. Que cada
parte es armónica con el conjunto y en su lógica
interna. Invariablemente asume un enfoque analítico
crítico (una interpretación de los fenómenos,
un estudio de la problemática, un diagnóstico
del tema en cuestión) y, de ahí, desprende o
colige (vis a vis) las estrategias programáticas para
la resolución (gestión) de dichos fenómenos,
de modo tal que se preserva y fortalece la armonía
del conjunto -y entre cada parte y el todo. El enfoque se
sustenta en los elementos cruciales que explican los fenómenos
y el despliegue de la propuesta en su esencia, sin abrir espacios
a los detalles innecesarios y a la subjetividad como el elemento
a partir del cual se explican y se resuelven los fenómenos
que se analizan.
En síntesis, se trata de un análisis
crítico de la situación nacional que se relaciona
con un proyecto de país que entraña los lineamientos,
las estrategias generales de un programa de Estado-gobierno,
donde el Estado no es encarnado por una persona en particular,
sino que requiere, en todo caso, de un liderazgo que construya
una sólido consenso hegemónico para una auténtica
gobernabilidad, en donde los actores plurales y diversos que
deciden y actúan, se integren democráticamente
a la formulación y se dispongan a la transformación
profunda del modelo nacional de desarrollo.
En el caso del Proyecto alternativo de nación
se puede apreciar que, en general, el todo no obedece a una
integración lógica de las partes. Que cada parte
no siempre es armónica con el conjunto ni en su lógica
interna. Para “leer” y “comprender”
la coherencia integral del conjunto, de su relación
con cada una las partes y la lógica interna de cada
parte, se requiere que el receptor “acomode”,
“ajuste” los elementos. El enfoque (la interpretación,
la detección de la problemática, el diagnóstico)
no siempre precede (al menos congruentemente) a la propuesta
para la resolución del fenómeno. La integración
de abundantes detalles innecesarios (que a nuestro juicio
ofrecen una falsa impresión de un conocimiento “profundo”
de lo que se analiza) y de elementos subjetivos suelen subsumir,
desplazar, opacar, a los elementos cruciales que explican
y resuelven los fenómenos objetivos. En general, el
análisis crítico se desdibuja pues el elemento
pragmático y subjetivo subsume, diluye, oculta, a los
elementos objetivamente esenciales de la realidad y de su
proyección a futuro.
En síntesis, se trata de un enfoque
analítico-crítico-pragmático que abre
el espacio para una propuesta de resolución de los
fenómenos del mismo corte: “realista” (“útil”)
en el sentido de que la interpretación y la gestión
de los problemas (que las cosas) son más sencillas
de lo que parecen y que, quién sabe porque y quienes,
las complican innecesariamente. En suma, más que un
Proyecto alternativo de nación propiamente dicho, estamos
ante un programa de gobierno personal, incierto, desarrollista
y de corto plazo (en su mayoría, las propuestas de
acción están referidas explícitamente
a una lógica sexenal), en donde la importancia del
sujeto (que explica y actúa) se ubica por encima de
los elementos objetivos (los actores plurales y diversos que
son los que en la realidad explican y actúan). Es decir,
en donde una persona encarna al Estado-Gobierno, a partir
de la idea conservadora de que esa es la voluntad emanada
de una mayoría electoral que no necesariamente se convierte
en mayoría política, insustituible ésta
para una sólida gobernabilidad de largo plazo orientada
hacia una auténtica y profunda transformación
del modelo nacional de desarrollo.
Y, entonces, el “realismo”, lo
“útil”, lo “simple y sencillo”,
la interpretación subjetiva y
voluntarista de lo que “el pueblo entiende y quiere”,
son sinónimos de una construcción desde lo “aparente”.
Del documento del Proyecto alternativo de
nación es muy fácil deducir que hay una “confusión”
entre el liderazgo de un Estado-Gobierno con ser la encarnación
misma de ese Estado-Gobierno. De ahí que muchas de
las “soluciones” que se proponen estén
sustentadas en la (“buena”) voluntad del sujeto
y no en una política que atienda al objeto e, incluso,
amarre a los sujetos, los “subsuma” en la estrategia,
el marco legal y las instituciones, si es que hemos decidido
ser parte del juego democrático electoral.
Al respecto hay, entre otras, una cita interesante:
cuando se afirma que la grandeza estriba en la sencillez,
“a modo de ejemplo” se ilustra al lector con algunas
ideas expresadas por Francisco I. Madero:
Al subir yo al poder, voy encarnando dos
principios: uno de ellos, sancionado ya por la Constitución
y que de mí depende que se cumpla, y que es el de la
No Reelección. Otro el Sufragio Efectivo. Para lograr
este último se necesita reformar la ley electoral y
esto depende principalmente del pueblo. Pero yo me voy a constituir
en el principal guardián de esa prerrogativa popular
y consideraré que mi principal deber es facilitar la
libre manifestación de la voluntad popular, a fin de
que las leyes sean genuina expresión de esa voluntad.
En una palabra, voy a ser el principal amigo y defensor de
las libertades del pueblo. Por los momentos históricos
porque atraviesa México, considero secundario todo
lo demás.
El Presidente debe ser el "principal
guardián" del sufragio efectivo y promotor de
la democracia. En consecuencia, debe tener la sensibilidad
de hacer suyos los anhelos del pueblo, conduciendo de manera
pacífica el cambio democrático, para que las
leyes sean "genuina expresión" de la voluntad
popular.
Es obvio que ha corrido mucha agua desde
entonces, y que como una de las conquistas que hemos logrado
los mexicanos (por la vía de la lucha popular y del
pensamiento de democrático y de las izquierdas), hoy
existe una institución autónoma (el IFE) que
encarna y es garante de la voluntad político electoral
del pueblo, mismo que está representado en un Congreso
de la Unión que todavía no es suficientemente
soberano.
El ejemplo a modo, citado a modo de ejemplo,
hubiera sido cabalmente válido, si además, en
algún lugar el documento del Proyecto alternativo de
nación se hubieran avanzado propuestas como las siguientes:
fortalecer al IFE, reformar la Congreso y, también,
al Ejecutivo federal; pero sobre todo, si se hubiera ocupado
de convocar al pueblo a inaugurar la democracia participativa
sustentada en el Estado de Derecho, tal y como –veremos-
lo hace el documento de Un México para todos. De esa
manera, no estaremos atados a un Ejecutivo que tenga la voluntad
de, sino que deba de respetar y fortalecer los “anhelos
del pueblo”.
El Proyecto alternativo de nación
incluye un capítulo sobre la recuperación y
las enseñanzas de la historia; se citan diferentes
hechos relevantes del pasado y se recurre a íconos
que realizaron acciones destacadas a favor de los intereses
estratégicos de México. Sin embargo, se hace
de manera superficial y a modo, omitiendo sucesos destacados
del extraordinario universo de las luchas, las experiencias
y los procesos de actores sociales y políticos diversos,
sin lo cuales no se puede entender el pasado reciente y el
presente del país.
En este sentido, cabe decir, por ejemplo,
que la figura del General Cárdenas no puede reducirse
al acto de la expropiación petrolera, por más
importante que sea, sin decir que el proyecto de nación
que enarbolaba era mucho más que eso y que fue truncado
y traicionado por la contrarrevolución, pero sobre
todo sin señalar que muchos de sus principios son ahora
vigentes. Ciertamente, debe abonarse al gobierno de Adolfo
López Mateos la posición solidaria del Estado
mexicano frente a la revolución cubana, pero también
debió decirse que el mismo gobierno emanado del PRI
prohibió tajantemente al General Cárdenas del
Río viajar de Mérida a Cuba para ofrecer su
solidaridad y su compromiso directo con la gesta revolucionaria.
Y cómo olvidar que ese gobierno reprimió con
saldo trágico al movimiento jaramillista (entre otros)
y que el gobierno de Díaz Ordaz atacó severamente,
hasta su aniquilación, al Movimiento Nacional de Liberación
que con altura de miras alentó el General y en donde
militó el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas
Solórzano. ¿Y el 68 y el 71? Debió ciertamente
citarse como un acontecimiento histórico trascendente
la creación de la Corriente Democrática bajo
el liderazgo de Cárdenas Solórzano y Porfirio
Muñoz Ledo, entre otros; así como el fraude
de que fue objeto el candidato presidencial del Frente Democrático
Nacional, pues resulta indispensable para comprender al México
(la historia) de hoy. Y la aparición en escena, desde
la selva chiapaneca del Ejército Zapatista de Liberación
Nacional que le “recordó” a la patria (y
a la historia) la existencia de los pueblos y comunidades
indígenas. Y sin duda, era obligada la referencia al
primer gobierno electo del D.F. (parteaguas de suyo importante),
pues además significó el triunfo de las fuerzas
democráticas de oposición nada menos que en
la capital de la república, resultando Jefe de Gobierno
el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano.
Ese fue, por cierto, el prolegómeno para que dichas
fuerzas refrendaran el voto ciudadano en dicha entidad en
el año 2000.
Desde los movimientos sociales varios, ciertamente,
se construyeron procesos, se enarbolaron demandas y se erigieron
liderazgos que marcaron sin duda el destino de la nación
durante el siglo XX y lo que va del presente. Que están
vigentes. Ese ha sido el largo proceso de gestación
de una buena parte de la izquierda mexicana que, en 1989,
se transformó en el PRD. Esos sucesos –y esos
sujetos- íntimamente ligados a la democracia y la izquierda
no son mencionados con nombre y apellido en ninguna parte
del documento del Proyecto alternativo de nación.
El contraste general que referimos resulta
inobjetable cuando se analiza la lógica, el discurso,
los conceptos (el “lenguaje”) de los documentos
desde el principio. Ello es así, porque en la Introducción
de Un México para todos se ofrece al lector un panorama,
ciertamente muy general, breve, pero sin duda suficiente,
integral y preciso de la situación del país,
para exponer enseguida las 25 estrategias de un modelo de
desarrollo para la transformación democrática
de México (país, soberano, nación pluriétnica
y pluricultural, derechos sociales universales, etc.).
En el caso del Proyecto alternativo de nación,
en el apartado La voluntad del cambio de la Introducción,
el lector no tiene los elementos para saber en qué
consiste tal voluntad del cambio ni cual es la estrategia
para lograrlo, como no sea la verdad de Perogrullo: el ansia
de cambiar acompañada de un conjunto ecléctico
(incierto) de “conceptos” (esperanza, gente generosa,
transformar el sector energético, desatar la laboriosidad
de las personas y explotar los abundantes recursos naturales).
III
LA CUESTIÓN DEL PATRÓN GENERAL DE DESARROLLO
De acuerdo con ello, a nuestro juicio, Un
México para todos propone transformar estructuralmente
el patrón general de desarrollo del país con
una auténtica visión moderna de largo plazo,
conduciendo al país hacia una revolución democrática.
Y que, en contraste, el Proyecto alternativo de nación
propone “recuperar” el pasado en su “aspecto
positivo”: el new deal roosveltiano y el desarrollo
estabilizador y compartido, para adecuarlo al presente. El
problema estriba, creemos, en que el desarrollismo y el cortoplacismo
no se contravienen, no se contraponen esencialmente a una
estrategia neoliberal, sino que se reconocen y complementan.
Eso se colige no sólo por el “rescate”
que se hace del New Deal roosveltiano (p. 136 del Proyecto
alternativo de nación), sino también por las
siguientes ideas expresadas en el capítulo 4. Crecimiento
económico y generación de empleos, en las que
su vez se “rescata” dicho modelo económico
en comparación con el neoliberal:
En México, antes del periodo neoliberal hubo dos épocas
bien diferenciadas: una, la del Desarrollo Estabilizador (1954-1970)
y otra, la del Desarrollo Compartido (1970-1982). En la primera,
la economía creció a una tasa anual promedio
del 6.7 y el PPC en un 3.3 por ciento; en la segunda, el crecimiento
de la economía fue del 6.2 y del PPC del 3.1 por ciento.
Los defensores del modelo neoliberal aseguran
que este crecimiento se logró con malos resultados
macroeconómicos que, a la postre, provocaron las crisis
económicas recientes.
En efecto, durante los gobiernos de Echeverría
y López Portillo hubo excesos en gasto público,
déficits fiscales, desequilibrio en la balanza comercial,
devaluaciones, inflación y crecimiento excesivo de
la deuda externa. Pero, en el periodo anterior, conocido como
el del Desarrollo Estabilizador, aunque se padeció
del mal endémico de la desigualdad, México creció
a una tasa de casi 7 por ciento anual en forma constante,
y con estabilidad macroeconómica en precios y finanzas
públicas.
Lo cierto es que a partir de 1983, la conducción
de la política económica ha sido un rotundo
fracaso. Aun si aceptamos que el periodo llamado del Desarrollo
Compartido produjo graves desequilibrios, es inadmisible que,
luego de más de dos décadas del llamado cambio
estructural, todavía padezcamos el estancamiento de
la economía.
Pero más allá de estas ideas,
tal hecho se reafirma a lo largo del documento (especialmente
en los capítulos donde se aborda el desarrollo económico),
donde se apuesta a las estrategias de crecimiento simple con
combate a la pobreza.
En contraste, Un México para todos
propone un cambio profundo y moderno de la anquilosada estructura
que sostiene el desarrollo del país, de modo tal que
involucre al conjunto de las actividades y sectores (reconstrucción
de las economías regionales; reestructuración
del sector agropecuario; formulación de una política
estratégica industrial, manufacturera y artesanal;
fortalecimiento del sector terciario de la economía,
restitución de la capacidad gubernamental para el fomento
productivo, rescate y fortalecimiento de la investigación
científica, entre otros), considerando el escenario
de la globalización, de modo tal que se aprovechen
las ventajas propias y se reduzcan los riesgos de retroceso
y, en última instancia, de desestabilización
económica que supone la competitividad internacional.
IV
SOBERANÍA NACIONAL Y POLÍTICA EXTERIOR
En el asunto de la soberanía nacional
–claramente relacionado con la política exterior-,
el enfoque difiere en ambos documentos. Ello es así
porque Un México para todos ofrece al lector una visión
general del mundo actual, de cómo se organizan y operan
los países y los organismos internacionales, de los
impactos en el desarrollo y la soberanía de México
como resultado de su integración en ese todo, particularmente
por cuanto se refiere a su vecindad con Estados Unidos.
El tema se ubica en primer (ísimo)
lugar, porque se trata de dejar claro a los mexicanos que,
mientras no se recupere y fortalezca la soberanía nacional
(“subsumida”, “secuestrada” por los
intereses de los países poderosos y, en particular,
por los Estados Unidos), resulta imposible (o casi) el impulso
de un proyecto de país distinto, de un modelo de desarrollo
nacional realmente alternativo.
En el caso del Proyecto alternativo de nación,
no existe esa visión. Es decir, no ofrece al lector
los elementos para ubicar e interpretar la situación
de México y sus consecuencias en el contexto mundial.
El tema se incluye en los capítulos Política
Exterior (14) y La relación con Estados Unidos (15),
y se expone a grandes rasgos de la siguiente manera: Sin la
ubicación clara del fenómeno, se transita directamente
a la propuesta que se apega casi exclusivamente a un válido
pero insuficiente concepto tradicional de política
exterior (autodeterminación, multilateralismo, no intervención,
cooperación) y, por “razones obvias” –se
dice-, de respeto y cooperación con Estados Unidos
(“colaboración, buena vecindad, respeto mutuo”).
Con ese país se privilegia un solo tema: los derechos
de los migrantes.
Se dice que Estados Unidos ha “aprovechado”
los “errores” de nuestros gobiernos para obtener
ventajas (la necesidad de legitimidad política de Salinas
y la debilidad del gobierno de Zedillo por la crisis de 1995,
que los “obligó” a “doblarse”
ante el exterior). Se infiere que se trata entonces de no
cometer tales errores y evitar así “doblarse”.
Además, se propone como resolución del fenómeno
aprender y practicar los “buenos ejemplos” históricos
de política exterior (Lázaro Cárdenas
del Río y Adolfo López Mateos), y de rechazar
los “malos ejemplos” (la locuacidad protagónica
y despilfarradora de Vicente Fox, que nos recuerda a López
Portillo y Luis Echeverría).
Errores más y protagonismos menos,
es evidente que los citados gobernantes no se “doblaron”
ante los dictados del exterior, sino que fueron y son promotores
principales de intereses concretos en la trama de “doblar”
(subordinar) conciente y voluntariamente al país ante
el exterior, debilitando así su soberanía, independientemente
de sus circunstancias específicas y de su manera personal
de gobernar. Se trata de gobernantes no solo incapaces, sino
de traidores a la patria.
Y se expresa, a “modo de ejemplo”,
otro ejemplo a modo, que es revelador:
Roosevelt cuestionó públicamente
las posiciones de sus adversarios políticos, quienes
exigían mantener al Estado fuera de la economía.
En la práctica, adoptó medidas que aumentaron
en grado considerable la presencia e influencia del poder
público en todos los ámbitos de la vida estadounidense,
sin afectar las bases de la economía de mercado ni
los principios de democracia que rigen ese sistema político.
Los preceptos básicos de aquella política
fueron, entre otros: promover obra pública para reanimar
el empleo; subsidiar los precios agrícolas para frenar
la ruina de los granjeros; unificar y desarrollar las políticas
asistenciales para reducir la pobreza; controlar los servicios
y los transportes públicos para moderar sus precios;
someter las instituciones financieras a un riguroso control
público, así como reglamentar las relaciones
entre capital y trabajo para estimular la producción
industrial y mejorar, al mismo tiempo, las condiciones de
vida de los trabajadores.
Con este "nuevo pacto" el -New
Deal-, Roosevelt frenó los efectos más nocivos
de la crisis y generó esperanza en su pueblo para las
transformaciones futuras.
Durante su administración aplicó
una política de buena vecindad con los países
del continente americano. Entonces se definieron los principios
de cooperación económica y política,
se reconoció la soberanía de Cuba y Panamá
y se ordenó la retirada militar estadounidense de Nicaragua
y Haití.
La autenticidad de esta política tuvo
su mejor ejemplo en el respeto a la soberanía de nuestro
país. En esa época en México, el gobierno
del general Cárdenas emprendió reformas profundas
que, en algunos casos, afectaron intereses particulares de
ciudadanos estadounidenses. Sin embargo, las diferencias se
resolvieron mediante el diálogo, el respeto mutuo y
la colaboración con dignidad.
La historia nos enseña que la relación
entre nuestros países nunca ha sido y no fue, tampoco
en esa época, de ninguna manera miel sobre hojuelas
ni que Estados Unidos haya contenido de pronto sus afanes
imperialistas con respecto a América Latina. Quizá
nadie mejor que Henry Kissinger para exponer, desde los intereses
norteamericanos, en qué consistió la estrategia
de política exterior de Roosvelt: convertirse en el
centro hegemónico del nuevo orden mundial en una disputa
de equilibrio de intereses principalmente frente a Europa,
entre la primera y la segunda guerras mundiales, razón
por la cual debió moderar su política de fuerza
en contra de México y el resto de Latinoamérica,
pues requería de estabilidad y de aliados en la zona,
de calma y amigos en su famoso traspatio concebido como una
zona estratégica de seguridad en el umbral del nuevo
conflicto militar internacional.
Pero más allá de eso, es claro
que el New Deal aparece como una base de inspiración
en el documento del Proyecto alternativo de nación:
un nuevo pacto social para impulsar una política desarrollista
tradicional, inspirada esencialmente en una estrategia aplicada
hace décadas con centro en Estados Unidos.
A partir de estos enfoques notoriamente diferenciados,
cada documento expone sus propuestas.
En congruencia con su enfoque, Un México
para todos propone la necesidad de que el Estado nacional
se involucre en la transformación del orden mundial,
de los organismos internacionales que son utilizados para
someternos, de defender nuestros derechos en los tratados
económico-comerciales, de acotar a la empresas trasnacionales,
de modificar nuestra relación con Estados Unidos, de
cambiar las leyes y las instituciones que deciden nuestra
política exterior, entre otros asuntos. Es decir, se
trata de precisar que la recuperación plena de nuestra
soberanía y, por tanto, la posibilidad de impulsar
un modelo de desarrollo transformador (“propio”),
pasa necesaria, inevitablemente, por una lucha y una determinada
política internacional de alianzas, particularmente
de carácter continental, para lo cual ciertamente es
condición necesaria, pero insuficiente, el compromiso,
la voluntad del poder Ejecutivo, entre muchos otros actores
con atribuciones de poder y decisión.
En el caso del Proyecto alternativo de nación,
como ya señalamos, de acuerdo con su enfoque, propone
ejercer una política exterior y una relación
con Estados Unidos de corte tradicional, que describimos líneas
arriba en su esencia; así como un modelo desarrollista
que ya referimos, como si el tiempo se hubiera detenido y
la realidad no hubiera cambiado.
V
LA NACIÓN MEXICANA
En el asunto del tipo de nación que
se propone construir, a nuestro juicio se expresan nuevamente
dos maneras de concebir el fenómeno:
La de Un México para todos que reconoce
que el nuestro ha sido, es (y sobre todo que deberá
seguir siendo) un país constituido por etnias y culturas
diversas, cada cual con su aportación, y que se trata
por tanto de tejer sobre los derechos entre diversos. Se convoca
explícitamente a concebir y construir una nación
pluriétnica y pluricultural. Se expone y se explica
con claridad a los mexicanos en qué consiste esencialmente
el incumplimiento de los Acuerdos de San Andrés y,
por tanto, se convoca, se propone, se compromete a reparar
puntualmente, con nombre y apellido, tal hecho.
A su vez, la del Proyecto alternativo de
nación se asume como una visión que convoca
integrar a los pueblos indígenas al desarrollo y al
bienestar social, a la vez que a hacer valer sus derechos
por la vía de los Acuerdos de San Andrés, sin
involucrarse en sus “detalles”.
No es casual que Un México para todos
ubique en orden de prioridad la caracterización y las
estrategias para un tipo determinado de nación: Pluriétnica
y pluricultural, que en el Proyecto alternativo de nación
equivale al capítulo (6) Pueblos indígenas:
una deuda histórica. Resulta obvio en el desarrollo
del tema que el enfoque y la conceptualización, evidencian
maneras diferentes de “concebir (y “resolver”)
la cosa en sí”. Por más importante que
sea la coincidencia en ambos documentos, el fenómeno
no se reduce en un sentido amplio, con mucho, a la cuestión
de los pueblos y comunidades indígenas.
Aunque sea, en efecto, la prioridad y se
trate de una deuda histórica, el asunto no se limita
a “integrar” a los pueblos y comunidades indígenas,
sino que ellos (entre sí diversos) y otros (también
diversos) -que no entre “ellos” (minoría)
y “otros” (mayoría)- , somos, construimos
y defendemos una nación de etnias diversas y culturas
plurales. Incluir tal “definición” de nación
en el artículo 2º. de la Carta Magna es el resultado
de una lucha trascendente que debe ser parte del recuento
(la memoria, la recuperación) y de las enseñanzas
de la historia de México. Ciertamente, la lucha por
esta identidad nacional, forma parte de la lucha por la recuperación
y fortalecimiento de la soberanía y de la capacidad
de autodeterminación del país, incluyendo los
migrantes dispersos en el orbe, pero concentrados en Estados
Unidos.
La “cosa en sí” no está
resuelta. De ello forman parte, como prioridades ciertamente,
tanto los Acuerdos de San Andrés (los derechos) y la
“justicia social”, el “combate a la pobreza”,
como señala el Proyecto alternativo de nación,
pero como queda expresado en Un México para todos,
la resolución de la “cosa en sí”
es mucho más que eso: Se trata transformar la legislación
secundaria, la de las entidades federativas, la constitución
del Estado mismo y de las instituciones, la organización
política del país, para hacer realidad dicho
precepto constitucional.
VI
POLÍTICA Y DESARROLLO SOCIAL
Desde un razonamiento formal, se supondría
que dos propuestas emanadas de una misma matriz político-ideológica
debieran asemejarse, quizá hasta ser gemelas, en materia
de política social, más aún tratándose
de un organismo político progresista y de izquierda
como se supone que es el PRD. No es ese sin embargo el caso,
cuando se analizan y contrastan con detenimiento las propuestas
en discusión: Un México para todos y el Proyecto
Alternativo de Nación.
Ello es así en la forma y en el fondo.
En Un México para todos existe un capítulo explícito
respecto de los derechos sociales universales (3. Sociedad
igualitaria, incluyente y sin pobreza), mientras que en el
Proyecto alternativo de nación no existe tal capítulo,
lo cual no quiere decir que no se hagan algunas referencias
al respecto en diferentes capítulos y apartados del
documento (por ejemplo, en el capítulo 7). Esta diferencia
de forma (en la estructura del documento, en la concepción
teórica de la propuesta), a nuestro juicio tiene un
significado que no es menor y que se redimensiona cuando se
analiza el fondo de la cuestión.
En Un México para todos se dice que,
ciertamente, los principales derechos sociales universales
están inscritos en la Constitución Política
del país, pero que no se cumplen. Otra vez: que la
“cosa en sí” no está resuelta y,
por tanto, se convoca a comprometerse en resolverla. Por tanto
y en coherencia con la matriz político-ideológica
que identifica a la izquierda, se establece explícitamente
el compromiso de su cumplimiento, en tanto derechos humanos
esenciales. Para que no quepa duda alguna, se explicitan los
derechos en cuestión: al trabajo con salario digno;
a la educación pública laica y gratuita; a la
salud y la seguridad social; a la vivienda digna; a la alimentación;
a la igualdad de oportunidades para las personas con discapacidad
y para los adultos mayores.
Ello conduce lógicamente a la siguiente
propuesta: la construcción de un Estado socialmente
responsable que respete y haga que se cumplan los derechos
sociales, requisito fundamental para combatir la enorme desigualdad
que impera en la sociedad.
Pero aún más, para que tal
objetivo sea posible se requiere transformar, fortalecer y
consolidar las instituciones sociales cuya misión es
enfrentar esos problemas, y cuya prioridad inicial debe ser
reducir la desigualdad y superar la pobreza, generando bienestar
para todos. En este sentido y para hacerlos exigibles se propone,
por ejemplo, transformar la actual Comisión Nacional
de los Derechos Humanos en un organismo que también
vigile y garantice el cumplimiento de los derechos sociales.
Y se responde igualmente a la interrogante
de los recursos financieros para alcanzar el objetivo: redefinir
las prioridades del presupuesto y el gasto público
a favor de la política de derechos sociales universales;
e impulsar una reforma fiscal equitativa que fortalezca sustantivamente
las finanzas del Estado para atender al conjunto de las necesidades
del desarrollo nacional.
Finalmente, ofrece un diagnóstico
básico y un perfil general de las políticas
públicas que deberán impulsarse para lograr
gradualmente el cumplimiento de los derechos sociales universales.
Así las cosas, el capítulo
en cuestión se integra como prioridad en Un México
para todos de manera explícita, coherente y articulada.
Como ya señalamos, ese no es el caso
en el Proyecto alternativo de nación. Es decir, sin
introducirnos por ahora en los “detalles”, señalamos,
sencillamente, que no hace referencia explícita alguna
al compromiso de impulsar una política social sustentada
en los derechos sociales universales. Por ende, no cabe esperar
una formulación coherente y agregada en ese sentido,
sino referencias dispersas y desarticuladas.
Ciertamente, convoca al impulso de un Estado
social y democrático derecho, pero lo define de la
siguiente manera:
El Estado tendrá que asumir una función
activa en la promoción del desarrollo y, a la vez,
favorecer la participación de la sociedad civil en
esa tarea.
No se trata de volver a etapas anteriores:
no se propone un Estado interventor, omnipresente, rígido
y verticalista, sino un Estado suficiente -activo pero no
aplastante- que renuncie a sus tendencias autoritarias y favorezca
las iniciativas sociales. Se trata, en suma, de un Estado
social y democrático de Derecho.
Es falso plantear que el Estado debe diluirse
en beneficio del mercado, entre otras cosas, porque el mercado
tiene un papel distinto al del Estado. El mercado se hizo
para intercambiar mercancías en función de la
ley de la oferta y la demanda; en cambio, una de las obligaciones
del Estado es establecer equilibrios entre los pocos que tienen
mucho y los muchos que tienen poco.
En suma, el mercado es eficaz para la creación
de la riqueza pero no sirve para gobernar ni para distribuir
los beneficios, como tampoco para impartir justicia o establecer
equilibrios entre desiguales.
Sin adentrarnos en un análisis más
fino de las anteriores ideas, es nuestro interés por
ahora señalar que no se hace ninguna mención
a los derechos sociales universales ni a un Estado que los
respete y garantice. Se refiere, simplemente, a establecer
equilibrios entre desiguales a través de distribuir
e impartir justicia (suponemos que social) desde el Estado.
Este “vacío” en torno
de los derechos sociales universales y la “vaguedad”
en la caracterización del Estado que se propone, se
“compensa” con un capítulo de política
asistencial (7. Por el bien de todos, primero los pobres),
en el que se entrevera desdibujadamente la protección
social de por vida. Y es aquí donde los conceptos de
la desigualdad y la justicia reaparecen, pero no abiertamente
como una cuestión de derechos sino como de política
pública asistencial para el combate a la pobreza. Es
aquí donde se revela a plenitud el tipo de Estado que
se quiere: el que combate la pobreza, tal cual. Ello es así
porque se dice:
Como punto de partida, sostenemos que el país no será
viable si persiste la enorme desigualdad. Es un imperativo
ético, pero no sólo eso, sin justicia no hay
garantía de seguridad ni de tranquilidad ni de paz
social.
Nadie, ni siquiera los muy prósperos,
por la lógica más elemental, podría dejar
de considerar esta realidad lacerante. La pobreza no sólo
debe darnos vergüenza sino que debe preocuparnos a todos.
La fraternidad no sólo tiene rostro
humano sino que es la manera más eficaz para garantizar
la tranquilidad y la seguridad públicas. Por eso, volvemos
a postular que "por el bien de todos, primero los pobres".
Nada justifica la pobreza en que viven millones
de mexicanos y debe entenderse que no es producto de la fatalidad
o del destino. En buena medida, la pobreza se reproduce y
se agrava ante la ausencia de un Estado con dimensión
social.
Admitamos que el Estado -en cualquier parte
del mundo- es fundamental para el bienestar de la población
y, en un país como el nuestro, con tantas desigualdades,
resulta indispensable para la supervivencia.
Dejemos a un lado la hipocresía neoliberal:
al Estado le corresponde atemperar las desigualdades sociales.
No es posible seguir desplazando a la justicia social de la
agenda de gobierno. No es jugar limpio utilizar al Estado
para defender intereses particulares y procurar desvanecerlo
cuando se trata del beneficio de las mayorías. No se
vale defender la facultad del Estado para rescatar instituciones
financieras en quiebra y considerarlo una carga cuando se
trata de promover el bienestar de los más desfavorecidos.
El Estado debe alentar con decisión
el desarrollo social en dos vertientes: por un lado, impulsar
el crecimiento económico y la creación de empleos
para mejorar los ingresos de la gente. Ello redundaría
en mejor educación, salud y calidad de la vida en general.
Por otro lado, en tanto se logra alcanzar ese nivel de desarrollo,
y dada la situación de pobreza en que vive la mayoría
de los mexicanos, el Estado debe garantizar satisfactores
básicos de bienestar.
La propuesta consiste en auspiciar un Estado
igualitario y fraterno, en el que los pobres, los débiles
y los olvidados encuentren protección ante incertidumbres
económicas, desigualdades sociales, desventajas y otras
calamidades, y donde se pueda vivir sin angustias ni temores.
Ese Estado igualitario y fraterno debe concebir
como ideal la protección de las personas a lo largo
de su vida, garantizando el derecho a la alimentación,
al trabajo, la salud, la educación y la vivienda.
La formulación de éste último
párrafo se asemeja más a una coartada para justificar
la política asistencial que se define previamente y
en las propuestas “puntuales” que continúan
la exposición, que a un planteamiento serio de reivindicación
de y de compromiso con los derechos sociales universales;
y, por tanto, con la construcción de un Estado socialmente
responsable más que redentor de la pobreza. Pero además,
aún en este párrafo, el concepto en cuestión
(derechos sociales universales) es “sustituido”
por la frase: la protección de las personas a lo largo
de su vida.
La necesaria superación de la pobreza,
efectivamente desde la decidida intervención del Estado
y con sustento, entre otras, en una política social
compensatoria, asistencial y temporal no debe confundirse
y, menos aún, sustituir a una política de derechos
sociales universales. Siendo sin duda prioridad una política
equitativa y justa para la población en situación
de pobreza, no debe evadirse el hecho de que los derechos
sociales universales son válidos para todos los ciudadanos,
independientemente de su condición socioeconómica.
Son derechos de los seres humanos sin excepción. De
ahí que resulte cuando menos inconsistente la formulación
que dice:
El Estado debe alentar con decisión
el desarrollo social en dos vertientes: por un lado, impulsar
el crecimiento económico y la creación de empleos
para mejorar los ingresos de la gente. Ello redundaría
en mejor educación, salud y calidad de la vida en general.
Sin duda, pero la formulación socialdemócrata
o de las izquierdas establece, con toda claridad, que los
satisfactores sociales son derechos sociales y humanos, por
más articulados que estén al mercado laboral
y a la política salarial de una economía de
mercado. Es decir, que deben ser satisfechos independientemente
de si los seres humanos tienen o no empleo e ingresos.
La “confusión” teórico
conceptual se despliega plena en el complemento de la formulación
que dice: Por otro lado, en tanto se logra alcanzar ese nivel
de desarrollo, y dada la situación de pobreza en que
vive la mayoría de los mexicanos, el Estado debe garantizar
satisfactores básicos de bienestar.
La idea que se “intenta” expresar,
deducimos, es la del Estado de Bienestar; del Estado que provee
los satisfactores básicos de bienestar para los ciudadanos.
De acuerdo, pero para todos y en cualquier circunstancia,
no solo para los pobres y únicamente cuando haya pobreza.
Los derechos sociales universales; es decir, la garantía
de los satisfactores humanos esenciales, es válida
independientemente del grado de pobreza y de desarrollo de
un país. Una nación sin pobres o muy rica, igualmente
debe garantizar desde el Estado los derechos sociales universales,
porque son derechos humanos, exigibles más allá
del modelo de producción o de desarrollo económico
de un país.
Pero el “enredo” teórico
y conceptual del que adolece el Proyecto alternativo de nación,
se “desenreda” cuando se ofrecen las propuestas
“puntuales”. Sin ambages, se trata de una política
asistencial de combate a la pobreza. Por ejemplo, tanto en
el caso de las personas adultas mayores como en el de las
discapacitadas, para Un México para todos se trata
de comprometerse y promover un conjunto de derechos y oportunidades
para su desarrollo integral, mientras que para el Proyecto
alternativo de nación la propuesta se reduce esencialmente
a una asistencia monetaria.
En este capítulo el Proyecto alternativo
de nación reconoce, como Un México para todos,
que el de la salud es un derecho social constitucional pero
que no se cumple. Y señala que para cumplirlo se impulsará
un programa de atención médica y de medicamentos
gratuitos. Es decir, no se propone, como en el caso de Un
México para todos, que las personas accedan a la salud
y a la seguridad social en su sentido de derecho consagrado
en la Constitución, sino que sea por una vía
distinta, lo cual hace nugatorio su derecho, por más
que se atiendan en un programa asistencial. En el caso de
Un México para todos, el planteamiento es distinto:
reformar el sistema integral de salud y seguridad social,
de modo que todos tengan garantizado el mismo derecho por
la misma vía, independientemente de su situación
en el mercado laboral.
Y enseguida llegamos al clímax de
la propuesta asistencial del Proyecto alternativo de nación:
el Programa Nacional para el Desarrollo Social, que no es
otra cosa que una copia al carbón del Programa Oportunidades
de la actual administración, que recomendamos consultar
al menos en su versión ejecutiva. Las “variaciones”
que contiene el Proyecto alternativo de nación no cambian
la sustancia de las cosas.
VII
FINANZAS PÚBLICAS
De nueva cuenta, nos encontramos ante enfoques
y propuestas distintas, pero ahora en materia de finanzas
públicas. Así, al nivel del enfoque para el
Proyecto alternativo de nación el fenómeno se
reduce a situaciones de evasión fiscal, influyentismo,
privilegios fiscales y la corrupción. Para Un México
para todos las cosas son mucho más complicadas e incluyen,
entro otras elementos: la alta dependencia de las finanzas
públicas de los recursos petroleros, el sostenimiento
forzado del déficit fiscal, el manejo discrecional
del gasto por parte del Ejecutivo Federal, la ausencia de
compromisos a través del gasto con los derechos sociales
universales, la nulidad de prioridades y jerarquías
financieras, entre otros, además de la evasión
y la corrupción.
Por tanto, para el Proyecto alternativo de
nación la solución –dice textualmente-
es muy sencilla: al combatir los males (evasión, influyentismo,
privilegios y corrupción) el país ahorra tanto
que con eso basta para financiar las necesidades del Estado,
y para ello deben tomarse medidas administrativas y convocar
al buen comportamiento, a la responsabilidad ciudadana con
sus obligaciones fiscales y hacendarias (censo confiable de
contribuyentes, simplificación en el pago de impuestos,
castigo ejemplar a los corruptos, y la nada sencilla responsabilidad
de estados y municipios para cobrar impuestos que ahora son
federales, regir y ordenar el sistema tributario, y confiar
en que el contribuyente pague impuestos).
Evidentemente, el problema de la hacienda
pública y el sistema tributario requiere, además
de esas, de soluciones mucho más profundas y complejas:
una política impositiva que contribuya a corregir las
desigualdades sociales, de modo que sea equitativa la relación
entre las rentas del trabajo y las del capital; que reduzca
la tributación del trabajo e incremente la del patrimonio;
que incentive la inversión productiva y el trabajo
profesional y autónomo; que introduzca principios de
progresividad impositiva, equidad y suficiencia financiera
del Estado para hacer efectivas las tareas de redistribución;
que formule una profunda reforma fiscal para resolver la situación
financiera de PEMEX y que regule su contribución al
gobierno federal; que modifique el marco legal para establecer
presupuestos multianuales, entre otras estrategias.
VIII
POLÍTICA Y DESARROLLO RURAL
En materia de desarrollo rural, aunque similares en algunos
aspectos, existen diferencias al nivel de diagnóstico,
destacadamente las siguientes: Según Un México
para todos, para comprender la situación de la crisis
agropecuaria es imprescindible considerar los efectos de la
contrarreforma agraria, hecho crucial que omite el Proyecto
alternativo de nación. La conceptualización
y la interpretación del fenómeno de la crisis
rural relacionada con el TLC es más precisa en Un México
para todos que en el Proyecto alternativo de nación,
destacando el caso del maíz y la importancia de la
riqueza genética del país.
Un México para todos asume como procedente
el conjunto de las exigencias de los campesinos organizados
y movilizados en torno de El campo no aguanta más,
mientras que el Proyecto alternativo de nación solo
hace referencia al sistema de “ingreso-objetivo”;
por tanto no propone la moratoria al TLC, los programas emergentes
de largo plazo, la reforma financiera integral, la aasignación
de 1.5 % con respecto al PIB para el desarrollo productivo
y 1.5 % con respecto al PIB para el desarrollo social y ambiental
del sector rural y la inocuidad y calidad agroalimentaria
para los consumidores mexicanos (compromiso de producir alimentos
sanos y de buena calidad), entre otras.
Un México para todos propone revertir
la contrarreforma agraria, mientras que el Proyecto alternativo
de nación no propone nada al respecto. La propuesta
y el compromiso sobre una política de soberanía
alimentaria como tal, transformando integralmente la política
del sector orientada a este fin, mientras que el Proyecto
alternativo de nación propone una política de
fomento agropecuario y de la economía rural de autoconsumo,
cultivos y tecnologías tradicionales para el mismo
fin.
IX
DERECHOS DE LOS TRABAJADORES Y POLÍTICA LABORAL
Un México para todos incluye el capítulo
10. Justicia y solidaridad para los trabajadores, tema que
como tal omite el Proyecto alternativo de nación, aunque
hace referencias parciales, sobre todo en el capítulo
8. Reforma al sistema de seguridad social, en lo cual coincide
con el capítulo 15. Derecho a la salud y a la seguridad
social, de Un México para todos.
Ciertamente, el asunto dista de ser menor,
pues refiere los intereses de millones de personas que están
en la base productiva y distributiva del país. Se trata,
en pocas palabras de la clase trabajadora que, a juicio de
Un México para todos, ha sido menospreciada por las
políticas neoliberales y los liderazgos caciquiles
que han minado progresivamente sus derechos, prestaciones
y condiciones dignas de trabajo. La inclusión de un
capítulo específico en Un México para
todos pretende precisamente lo contrario: revalorarlos, restituyéndoles
y fortaleciendo sus derechos, prestaciones y condiciones de
trabajo. Los intereses de los trabajadores no se reducen,
como pretende el Proyecto alternativo de nación, a
una reforma de la seguridad social, sino además a una
transformación integral y profunda del “mundo
del trabajo”, tal y como propone Un México para
todos. Es decir, una reforma profunda del mundo del trabajo,
de modo tal que revalora, restituye y fortalece los derechos,
prestaciones y condiciones de los trabajadores, incluida una
reforma integral del sistema de seguridad social, del marco
legal y de las instituciones relacionadas al mundo de trabajo.
Ello incluye, entre otras cosas: la paulatina recuperación
real de los salarios; la capacitación y la estabilidad
en el empleo; la defensa de la contratación colectiva;
el mejoramiento de la salud en el trabajo; el fomento de políticas
de equidad de género; la protección a menores
y adolescentes trabajadores; la impartición de justicia
laboral pronta y expedita; y el rescate y fortalecimiento
del derecho a la seguridad social y sus instituciones.
Además propone la renovación de los sindicatos:
la elección democrática de sus dirigentes mediante
el voto secreto y directo de las bases; la rendición
puntual de cuentas ante los trabajadores agremiados sobre
las cuotas y los bienes muebles e inmuebles que los sindicatos
administran; el rechazo a cualquier intento de control corporativo,
de imposición de afiliaciones forzosas a un partido
político o de veto a otras corrientes o dirigencias
por causa de su afiliación política.
X
GARANTÍAS INDIVIDUALES Y SOCIALES
Un México para todos integra el capítulo
11. Garantías individuales y sociales, mientras que
el Proyecto alternativo de nación excluye el tema,
lo cual es cuando menos incomprensible puesto que se trata
de la vigencia y la defensa de los derechos humanos que, se
reconoce, han sido violados sistemáticamente y de manera
grave por los gobiernos de México, en particular por
cuanto se refiere a los luchadores sociales y a los sectores
más desfavorecidos de la sociedad. Se trata de la procuración
de justicia y de la conquista de la equidad y la igualdad
social. Es decir, una política que rescate, promueva
y fortalezca las garantías individuales y sociales,
en el marco de la lucha por la defensa y el respeto a los
derechos humanos, que incluye profundos cambios normativos
e institucionales, relacionados con la democracia participativa,
el federalismo equitativo, la autonomía y la reforma
general del Estado.
XI
DEMOCRACIA PARTCIPATIVA Y GOBERNABILIDAD
Un México para todos integra el capítulo
17. Democracia participativa con estado de derecho, y el Proyecto
alternativo de nación incluye el tema en 11. Democracia
y gobernabilidad. Ambos documentos coinciden en que ha habido
importantes avances democráticos. Sin embargo, Un México
para todos es preciso al identificar críticamente los
elementos del déficit democrático del país:
el sistema electoral y de partidos, restricción del
ejercicio de los derechos de los ciudadanos, ausencia de mecanismos
de democracia participativa, presidencialismo, desequilibrio
entre niveles de gobierno, entre regiones, anquilosamiento
de los poderes legislativo y judicial, entre otros, que en
conjunto expresan en una crisis generalizada del sistema político
de la nación.
Mientras que el Proyecto alternativo de nación
expone, de una parte, el perfil, el compromiso que debe tener
la persona-gobernante con los valores de la democracia, donde
se ejemplifica con la cita que arriba referimos de Francisco
I. Madero; y por otro lado, se invoca a la relación
entre poderes, pero con la misma tónica: la actitud
que debe asumir la persona titular de un poder (en este caso,
el Ejecutivo) frente a los otros poderes.
No se trata solo, como propone el Proyecto
alternativo de nación, de que el Ejecutivo sea democrático
y, por tanto, el garante, el “principal guardián”
del sufragio efectivo, sino que esa garantía está
asignada a un sistema normativo (poder legislativo) que debe
perfeccionarse y a unas instituciones electorales autónomas
(federales y estatales) que deben fortalecerse. En todo caso,
el titular del Ejecutivo debe respetar esa normatividad y
a ese otro poder autónomo --y proponer que se perfeccionen
y se fortalezcan-, pues en caso contrario se situaría
fuera de la ley y del marco institucional democrático.
Es decir, la garantía del sufragio no reside (normativa
e institucionalmente) en el poder Ejecutivo, sino en otros
poderes soberanos y autónomos (el legislativo y el
electoral) que el Ejecutivo debe respetar.
Además, la democratización
y el fortalecimiento del sistema político y electoral,
no se reduce al respeto del sufragio y, probablemente, del
principio de no reelección, sino de algo mucho más
profundo, como puede observarse en las propuestas de Un México
para todos.
Vale decir que no basta pronunciarse (expresar
la voluntad personal) por un ejercicio presidencial democrático
para que el sistema político presidencialista que todavía
prevalece se transforme de raíz. Tampoco basta un pronunciamiento
democrático “desde el Ejecutivo” de respeto
a la división y equilibrios de poderes, para que el
sistema político se “comporte adecuadamente”.
Una nación democrática fuerte
no puede sustentarse en la “buena voluntad” (por
más necesaria y deseable que fuera) de ninguna persona,
sino en la fortaleza de sus leyes e instituciones. De ahí
que Un México para todos proponga, con toda claridad,
el cambio del régimen presidencialista, por un régimen
de Gobierno de Gabinete, para que la democracia en México
nunca más esté atada a la buena o mala voluntad
de la personas. Es por tanto, al menos curioso, que quien
aspira al Ejecutivo se pronuncie “con todo respeto”
por una necesaria reforma del Poder Judicial (que también
vale para el Legislativo), sin antes proponer una profunda
reforma del poder Ejecutivo (en este caso, “de sí
mismo”).
Respecto de la reforma del Poder Judicial,
existe una diferencia crucial entre ambas propuestas: así
mientras Un México para todos propone la elección
popular y democrática de sus titulares, condición
sin la cual nunca podrán ser auténticamente
independientes y autónomos del Ejecutivo, el Proyecto
alternativo de nación propone una transformación
interna de la institución que se comparte, por supuesto.
Al nivel de las propuestas, para el Proyecto
alternativo de nación se trata de consolidar la democracia
mexicana en tres líneas esenciales de acción:
un ejercicio de gobierno y una relación democrática
de división y equilibrio entre los poderes del Estado,
garantizada por la vocación democrática de la
persona titular del Ejecutivo; y una revisión integral
de la relación entre niveles de gobierno.
Para Un México para todos la consolidación
de la democracia en México se concibe con un criterio
mucho más amplio que pasa por una profunda reforma
del Estado e incluye explícitamente a un nuevo actor
con un rol protagónico: la sociedad que no aparece
en el Proyecto alternativo de nación, en tanto sujeto
que es parte crucial en la toma de decisiones más allá
del sufragio electoral. Ese “nuevo sujeto” debe
ser incluido con todas la de la Ley y con el respaldo de instituciones
específicas, tal y como propone Un México para
todos.
Ahora bien, estando de acuerdo en que el
fortalecimiento de la democracia mexicana pasa por una revisión
y una transformación de la relación entre niveles
de gobierno, cabe decir que el tema lo abordamos más
adelante. Sin embargo, vale decir que en este mismo apartado,
Un México para todos reitera una propuesta crucial:
la necesidad de la autonomía municipal, como condición
necesaria para que la relación entre niveles de gobierno
tenga un auténtico y profundo sentido democrático,
hecho que no se incluye en el Proyecto alternativo de nación.
Por otra, se comparte la importancia de la política
hacendaria para el fortalecimiento de dicha relación
democrática, pero el tema también se analiza
a profundidad en otros espacios de este trabajo (Finanzas
públicas para la equidad y el desarrollo y Federalismo
equitativo y municipio libre).
XIII
FEDERALISMO Y MUNICIPIO
El análisis de la relación
entre niveles de gobierno integra al menos los siguientes
aspectos cruciales: el político y el financiero para
el impulso del desarrollo económico y social. De modo
que, en el caso de Un México para todos, está
relacionado con los capítulos 6. Finanzas públicas
para la equidad y el desarrollo y 20. Federalismo y municipio.
A su vez, en el Proyecto alternativo de nación se relaciona
con los capítulos 11. Democracia y gobernabilidad (apartado
Nuevo federalismo) y 18. Combate a la evasión fiscal
y reorganización del sistema tributario. De modo que
el ejercicio se realiza con esa consideración.
Así, en el caso de Un México
para todos el capítulo 20 se refiere, principalmente,
a la relación político-democrática entre
niveles de gobierno, colocando el acento en el fortalecimiento
de la libertad y la autonomía municipal. En contraste,
en el apartado de Nuevo federalismo del capítulo 11,
el Proyecto alternativo de nación coloca el énfasis
en la cuestión fiscal y financiera, que es el tema
del capítulo 6 (Finanzas públicas para la equidad
y el desarrollo) de Un México para todos, pero en un
sentido mucho más amplio y correspondiente al capítulo
18 del Proyecto alternativo de nación.
XIV
POLÍTICA AMBIENTAL
Al análisis de la vertiente ambiental
del desarrollo sustentable le imprimimos otro tratamiento
debido a que sus elementos de enfoque y las propuestas respectivas
atraviesan muchos capítulos de ambos documentos.
Un México para todos integra, además
de capítulos específicos sobre sustentabilidad
ambiental y sobre sustentabilidad tecnológica, diversos
planteamientos relacionados al ambiente en los siguientes
capítulos: “País soberano en un mundo
de integración”, “Otro patrón de
desarrollo económico”, “Economía
sustentable”, “Desarrollo rural”, “Desarrollo
tecnológico con sustentabilidad ambiental y social”,
“Garantías individuales y sociales”, “Educación”,
“Cultura”, “Estado socialmente responsable”,
“Regulación social de lo público, lo privado
y lo comunitario”, “Territorio integrado y medio
ambiente sustentable”, y “Nueva constitucionalidad”.
De manera parcial, el Proyecto alternativo
de nación establece algunas directrices encaminadas
más hacia la explotación tradicional de los
recursos naturales, que a una política que incluya
la conservación del ambiente, en los siguientes capítulos:
“Desarrollo con apego al interés nacional”,
“la nueva estrategia económica”, “impulso
a la industria de la construcción”, “fomento
al turismo”, “producción pesquera”,
“el rescate al campo”, “pueblos indígenas”,
“educación” y “cultura”.
En primera instancia, destaca el hecho que Un México
para todos establece un capítulo específico
sobre el reconocimiento de la crisis ambiental que existe
en el territorio nacional y la política pública
respectiva, mientras que el Proyecto alternativo de nación
no lo incluye, salvo una breve referencia en capítulo
sobre desarrollo rural.
Un México para todos reconoce que
la inequidad social está íntimamente relacionada
al modelo y a las políticas de desarrollo neoliberal
que se traducen el uso abusivo de los recursos naturales y
el medio ambiente. Es por ello que se pronuncia por una política
que reconoce y promueve la sustentabilidad para las presentes
y futuras generaciones y, en ese sentido, se pronuncia por
un proceso de planificación del largo plazo que involucra
a los derechos difusos reconocidos en la constitución
política.
En contraste, el Proyecto alternativo de
nación no tiene esta visión desde el planteamiento
mismo del problema. La referencia en su introducción
relacionada con la sustentabilidad ambiental y de los recursos
se limita a la problemática del sureste mexicano, como
si tal no fuera un fenómeno en todo el territorio nacional.
Un México para todos reconoce el impacto
del TLC relacionado con la destrucción a mediano plazo
de la base de recursos genéticos asociada a los productores
que deben abandonar el cultivo del maíz. Asimismo,
reconoce que el desplazamiento del uso de semillas criollas
por híbridos de altos rendimientos produce la erosión
genética, un efecto negativo sobre el medio ambiente
y los recursos naturales y severo impacto en el tejido social
y cultural, ahí donde florece la diversidad genética
del cultivo, así como la destrucción del acervo
de conocimientos relacionados con el uso y destino de las
semillas en cuestión.
Entonces, Un México para todos propone
que, dada la incertidumbre científica respecto de los
efectos de los cultivos transgénicos sobre la biodiversidad
y la salud humana, nuestro país deberá adoptar
el principio de precaución respecto a la investigación,
producción, comercio y consumo de organismos genéticamente
modificados, para lo cual deberemos promover iniciativas legislativas
pertinentes. Al respecto, el Proyecto alternativo de nación
no hace mención alguna, pero acertadamente aboga a
favor del fomento de la agricultura orgánica.
El Proyecto alternativo de nación
refiere reiteradamente la explotación de los recursos
energéticos para fomentar el desarrollo; sin embargo,
en la política energética no menciona las energías
alternas y no contaminantes. En este sentido, se infiere la
preferencia al impulso de energías tradicionalmente
contaminantes sobre las energías limpias.
Un México para todos reconoce y propone
alternativas a los siguientes elementos que se omiten en el
Proyecto Alternativo de Nación:
* Revertir los impactos de la expansión
urbana, recuperando el rol normativo y regulador del Estado
para que los desarrollos inmobiliarios asuman los costos de
las externalidades y los impactos ambientales.
* Recuperar e incorporar las zonas rurales al desarrollo nacional,
mediante la reconstrucción gradual de las economías
regionales sustentables y equilibradas y mediante la ejecución
de proyectos que consoliden ventajas competitivas a través
de cadenas de valor agregado con alto componente intelectual,
pues no existe un impedimento formal ni social para que las
actividades industriales e intelectuales se realicen en zonas
rurales.
*Reconocer y comprometerse con los propuestas
emanadas del movimiento El Campo no aguanta más, principalmente
por cuanto se refiere a la asignación de 1.5 % con
respecto al PIB para el desarrollo social y ambiental del
sector rural y el reconocimiento a los derechos y cultura
de los pueblos indios.
* Ordenación general del territorio
que identifique y reconozca los diversos usos sustentables
del suelo. En esa lógica, propone revisar tanto el
artículo 27 constitucional para, entre otras cosas,
garantizar el acceso legal de la población al suelo
urbano, como la legislación sobre Asentamientos Humanos
y el Equilibrio Ecológico para lograr una visión
territorial integrada que evite la duplicación y superposición
de acciones y la falsa separación entre medio natural
y medio urbano. En el mismo sentido, propone ajustar la legislación
sobre Planeación Democrática, Asentamientos
Humanos, y Programación y Presupuesto, para garantizar
que la asignación territorial del gasto obedezca a
una visión integral del desarrollo.
* Modificar los esquemas de tarifas aplicados
a los servicios públicos de agua que garanticen su
progresividad en función de la magnitud y el tipo de
consumo, y establecer subsidios cruzados para lograr la autosuficiencia
y la equidad.
*Impulsar una reforma fiscal con sentido
social para fortalecer las finanzas locales y permitir, así,
que los municipios cumplan con las atribuciones y funciones
ambientales que la legislación les confiere.
*Aprovechar el territorio nacional y los
recursos naturales para garantizar la autosuficiencia alimentaria,
la producción agropecuaria y forestal, y elevar el
nivel de bienestar de los campesinos, sin poner en peligro
el equilibrio ecológico y la preservación de
la biodiversidad para las generaciones futuras.
* Mantener los recursos energéticos
bajo el control del Estado explotándolos racionalmente;
sustituyendo paulatinamente la exportación de crudo
por la de productos elaborados y desarrollando la utilización
de fuentes alternas de energía.
* Disminuir la sobreexplotación de
los acuíferos mediante la captación y aprovechamiento
de la precipitación pluvial, la separación y
tratamiento de aguas negras y pluviales, el reuso de aguas
tratadas, la eliminación de fugas en las redes y el
establecimiento de volúmenes máximos de consumo.
* Anticiparse al intenso proceso de metropolización
para ordenar el crecimiento de las ciudades y ofrecer condiciones
adecuadas a la producción, la convivencia y la reproducción
social, aplicando una política preventiva que disminuya
los efectos de los desastres de origen natural en el territorio.
* Valorizar la prestación de servicios
ambientales para proteger el equilibrio ecológico y
evitar la expansión de la frontera urbana. La práctica
de densificar las áreas ya urbanizadas permitirá
reducir la presión sobre el suelo de conservación,
necesario para mantener la sustentabilidad ambiental.
* Controlar el uso del subsuelo y del espacio
aéreo, tanto por sus implicaciones operativas como
por su necesaria aportación fiscal.
* Privilegiar el transporte colectivo sobre
el individual implica, además de canalizar los recursos
disponibles a la construcción de sistemas de transporte
colectivo rápido, eficiente, cómodo y seguro,
aplicar costos crecientes al uso privado de la vialidad, para
evitar el estacionamiento en la vía pública
y la congestión de las calles, a lo que contribuirá
también la peatonalización de áreas comerciales
de actividad intensa y el uso de la bicicleta y otros modos
de transporte no contaminante, como el tranvía y el
trolebús.
* Avanzar hacia una gestión estatal
responsable y eficiente de los recursos naturales propiedad
de la nación. Los casos donde el uso de estos bienes
públicos sean concesionados a las empresas deben significar
el retorno de parte de los beneficios a la sociedad mediante
impuestos sobre las rentas del suelo y las ecológicas,
de valorización por obras públicas y sobre la
plusvalía generada colectivamente, tarifas que recuperen
el precio de producción —costo y ganancia media—
y cubran el subsidio que el Estado otorgue a los sectores
empobrecidos, y las transferencias especiales de fondos para
el desarrollo a las regiones y municipios que aportan los
recursos naturales esenciales.
* En la renovación constitucional,
revisar las reformas de los dos últimos decenios, en
particular las referentes a las formas de tenencia de la tierra
y los derechos agrarios; el acceso al suelo urbano; y el control
de la nación sobre los recursos.
En síntesis, Un México para
todos presenta un enfoque y una propuesta mucho más
elaborada en materia de política ambiental para la
nación, ya que no sólo integra el tema casi
exclusivamente desde el ámbito rural y solo de manera
enunciativa, como lo hace el Proyecto alternativo de nación,
sino que “desmenuza” los diversos contenidos que
van desde los compromisos internacionales surgidos desde 1992
en la Cumbre de Río, ratificados en 2000 con la Cumbre
de Johannesburgo, así como con los compromisos del
Milenio establecidos por la Organización de las Naciones
Unidas.
Del análisis se infiere que el Proyecto
alternativo de nación promueve propuestas que atienden
a un enfoque de desarrollo ambiental que fue vigente en la
década de los 70 y principios de los 80s, incluida
la terminología utilizada en su formulación.
XV
CONSTITUCIÓN POLÍTICA DE LOS ESTADOS UNIDOS
MEXICANOS
Resulta completamente lógico, tanto
en la forma como en el fondo, que la propuesta de Un México
para todos concluya, cierre o culmine con una idea crucial:
la necesidad de formular una nueva Constitución para
el país que entrañe una profunda reforma del
Estado, mientras que el Proyecto alternativo de nación
no se ocupa del tema, lo que resulta inconsistente por donde
quiera que se vea.
La clave para entender el asunto está
en la siguiente idea expresada en Un México para todos:
Es imperativo formular una nueva constitución
porque ¿cómo realizar un Proyecto Alternativo
de Nación, Un México para todos, con una Constitución
reformada en los últimos 25 años para adecuarla
al patrón de acumulación neoliberal y de globalización
conducido por los grandes intereses financieros multinacionales;
es decir, en sentido contrario? ¿Cómo construir,
con ese estatuto jurídico que ha dado lugar a innumerables
leyes secundarias con el mismo signo, un Estado Socialmente
responsable, un Estado Benefactor y de Derechos Sociales?
Y en estas otras:
La Constitución en su estado actual
no puede garantizar la transición plena a la democracia
participativa, ni satisfacer las aspiraciones de la mayoría
de los mexicanos. No está actualizada, pues no responde
a los más ingentes problemas que agobian en distintos
ámbitos de la vida social, incluidos el ejercicio y
respeto plenos de aquellas nuevas garantías.
Es pertinente convocar aquí, textualmente,
algunas de las ideas que expresó la periodista Beatriz
Pagés en su discurso el 5 de febrero de 2005:
El capítulo 25, el último de
“Un México para todos”, es una delicia,
un canto a los sueños de un revolucionario innovador.
En él se aborda la necesidad de tener una nueva constitucionalidad.
Desde hace más de dos décadas -dice uno de los
párrafos-, comenzó un torpedeo sistemático
y conciente reconocido por las altas autoridades del Estado
a la obra de la revolución. Por lo anterior -se agrega-
es preciso realizar una cuidadosa y exhaustiva revisión
de la Carta Magna para restaurar su condición de Constitución
Política.
Como punto de partida se subraya, que esta
revisión integral deberá: Respetar, consolidar
y ampliar las conquistas consagradas en la Constitución
de 1917; un régimen semipresidencial, en el que el
jefe de gabinete designado por el Presidente y aprobado por
el Senado, se encargue de las relaciones entre el Ejecutivo
y el Legislativo; una fórmula propuesta para dar obligaciones
constitucionales a los secretarios de Estado. Obligaciones
constitucionales que en este momento no tienen para garantizar
una mayor gobernabilidad de la que hoy existe o que no puede
existir a causa del enfrentamiento entre el Ejecutivo y el
Legislativo. También señala el establecimiento
de la nacionalidad latinoamericana. Es decir, el reconocimiento
de derechos comunes para los latinoamericanos. Aboga por la
elección de los procuradores de justicia por voto popular;
la incorporación de principios para regular la operación
de los medios de comunicación; una reforma territorial;
la transformación del Distrito Federal en estado 32
de la federación; elevar a rango constitucional la
figura de plebiscito, referéndum, revocación
de mandato, consulta ciudadana, iniciativa popular; crear
espacios para que la ciudadanía participe en procesos
legislativos, entre otras aportaciones que hace esta “revolución
de terciopelo” llamada “Un México para
todos”.
Finalmente, cabe citar otra vez a la periodista
Beatriz Pagés cuando dijo:
En Un México para todos están,
cuando menos en parte, las propuestas estratégicas
para convocar y orientar al país hacia una revolución
de “terciopelo” en el sentido de que contiene
“...la sustancia y el perfil de la izquierda moderna,
nutrida en la inteligencia y el conocimiento. Una izquierda
sin temor a ser cosmopolita. Abierta al avance científico
y tecnológico. Proclive en síntesis, al mundo
y al cambio, condiciones claras para resolver, sin menoscabo
de la soberanía, el fortalecimiento de la industria
eléctrica y petrolera, capaz del fortalecer al estado
mexicano en lo social y al mismo tiempo crear las condiciones
para tener una iniciativa próspera y comprometida con
la nación.”
-0-
De acuerdo con lo anterior, a nuestro juicio,
es importante desatar el debate abierto, democrático,
sin cortapisas, y en el tiempo pertinente, porque ello permite
dirimir la diferencia entre lo “útil” y
lo “necesario”. La articulación de voluntades
que se construye sobre bases endebles es necesariamente efímera
y, al final, debilita las condiciones para alcanzar los objetivos.
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