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Una política
social de derechos universales.
*Colectivo Un México para todos.
Diciembre de 2005 |
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Una política social
de derechos universales |
*Colectivo Un México
para todos.
8 de Diciembre de 2005 |
La larga noche neoliberal iniciada en 1983
y aún no concluida, arroja un saldo negativo para la
mayoría de los mexicanos: estancamiento económico,
crecimiento de la pobreza y la indigencia, mayor desigualdad
y exclusión social, e inseguridad generalizada; el
resultado ha sido un deterioro alarmante del tejido social.
Estas políticas han concentrado la riqueza en pocas
manos, destruido millones de empleos e impuesto salarios muy
bajos, situación que se agrava con la decisión
de los gobiernos neoliberales de abandonar la responsabilidad
del Estado de garantizar los derechos sociales consagrados
en la Carta Magna.
Crecimiento continuo de la pobreza
La pobreza en México no ha dejado
de crecer en el último sexenio en términos absolutos
y relativos. Según Julio Boltvinik, entre el 2000 y
el 2004, los mexicanos en situación de pobreza moderada
e indigencia aumentaron de 79 millones 167 mil (el 81,07 %
de la población total) a 85 millones 17 mil (el 81,62
% del total). Entre ellos, los indigentes aumentaron de 40
millones 904 mil a 41 millones 260 mil, aunque disminuyeron
relativamente, del 41,89 % al 39,61 % del total. La reducción
relativa de los indigentes fue compensada por el aumento relativo
de los pobres moderados (La Jornada, 11, 18 y 25 noviembre
2005). Esta situación es contradictoria con la ubicación
de México entre las 10 mayores economías del
mundo.
La continuidad del proceso de urbanización,
y la focalización de los programas federales de atención
a la pobreza en el ámbito rural, han dado como resultado
que ella aumente en términos absolutos y relativos
entre la población urbana (más de 2.500 habitantes),
y disminuya ligeramente entre la población rural. Hoy,
el 72,03 % de los pobres vive en los asentamientos urbanos,
el 2,46 % más que en 2004, y los indigetes urbanos
han aumentado del 51,47 % al 58,66 % del total, llegando a
24 millones 203 mil personas.
A pesar de que el Método de Medición
Integrada de la Pobreza (MMIP) utilizado por Boltvinik es
el más incluyente y completo, no puede recoger muchos
aspectos cualitativos no cuantificables que, además
de incidir sobre la pobreza material, añaden nuevos
componentes a la desigualdad y la exclusión sociales.
La pobreza es resultado de una compleja combinación
de factores de naturaleza dominantemente estructural, presentes
a lo largo de la historia del país, pero agravados
en las últimas dos décadas por las políticas
neoliberales: a) económicos: desempleo masivo, caída
aguda del salario real, incumplimiento y limitaciones de la
legislación laboral, precariedad del trabajo e informalidad,
monto decreciente de las pensiones y jubilaciones; b) sociales:
ausencia de seguridad social, carencias cuantitativas y cualitativas
de los servicios sociales –educación, salud,
vivienda, agua potable y drenaje–, pocas oportunidades
laborales, recreativas y culturales para los jóvenes
pobres y desintegración familiar; c) culturales: desigual
acceso a la cultura y discriminación étnica,
de genero, de edad, de preferencia sexual; d) ambientales:
efectos de la contaminación del agua, el aire y el
suelo, y la falta de saneamiento, sobre sectores vulnerables;
e) territoriales: inaccesibilidad al suelo y la vivienda adecuada,
vulnerabilidad a desastres, tiempo y costo del transporte,
degradación y poca habitabilidad de los ámbitos
residenciales, y exclusión territorial.
Algunas cifras ejemplifican estas situaciones.
El 56,8 % de la PEA percibe remuneraciones menores a 2 salarios
mínimos, y solo el 10,6 % recibe más de cinco;
y el salario mínimo ha perdido el 66,8 % de su valor
real desde 1980 hasta el 2001. El desempleo, el subempleo
y el trabajo informal registran tasas crecientes, afectan
hoy al 50 % de la PEA, y cientos de miles de jóvenes
buscan empleo cada año en un mercado laboral que no
tiene capacidad para absorberlos. El 55,9 % de la población
activa no está afiliada a ningún sistema de
seguridad social. Estos ajustes han afectado la cobertura
y calidad de los servicios de salud y educación.
El 5 % de la población de entre 8
y 14 años no sabe leer ni escribir, y el 10 % de la
de 15 años o más es analfabeta. Esta situación
se vuelve dramática entre los indígenas: sólo
el 66 % de su población mayor de 15 años es
alfabeta, mientras que el índice nacional es del 90%.
El 25 % de las viviendas carece de drenaje, 10 millones de
personas no tienen acceso al agua potable, y el 5 % de las
viviendas del país no tienen energía eléctrica.
El empobrecimiento lleva anualmente a cientos
de miles de mexicanos –hombres, mujeres y niños–
a emigrar a los Estados Unidos, con riesgo para su vida; y
los que logran pasar las barreras, sufren discriminación,
exclusión y represión para sostener con sus
remesas, convertidas en la 2ª fuente de divisas del país,
a sus familiares, mitigar la miseria rural, alimentar a la
economía en su conjunto y reducir la presión
social sobre el empleo rural y urbano.
El ajuste social ha recaído primordialmente
sobre las espaldas de las mujeres. Ante el deterioro salarial
y la caída del ingreso familiar, las mujeres han tenido
que trabajar y uno de cada cinco hogares tiene como cabeza
a una mujer, pero las políticas públicas siguen
considerando al hombre como el principal proveedor de la familia.
Según la cifra oficial, nueve millones de mujeres que
sostienen a sus familias, son invisibles a la hora de tomar
decisiones En los pueblos, barrios y colonias, las mujeres
tienen que suplir con su trabajo el deterioro de las políticas
sociales; y en el medio rural, muchas han quedado al frente
de la parcela y el hogar por la emigración de los maridos,
sin tener acceso, como ellos lo tenían, a los recursos
productivos.
Así, las mujeres, al tiempo que han
tenido que redoblar esfuerzos para obtener ingresos en un
mercado laboral discriminatorio, se han convertido en el amortiguador
de las políticas de ajuste al suplir con su trabajo
y gestoría comunitaria las carencias, la falta de inversión
y el recorte del gasto social de los últimos gobiernos,
sin menoscabo de sus tareas en el hogar; acarrean el agua
y la leña ahí donde no hay, ganan menos por
los mismos trabajos que realizan los hombres, el 30 % de las
que viven en pareja no tienen acceso a métodos anticonceptivos
y el 16.8 % de los niños que nacen tienen una madre
adolescente. Los procesos de descomposición y desintegración
familiar hacen que ellas sean las principales víctimas
de la violencia que se ejerce al interior del hogar.
El desempleo y el empobrecimiento de la población
han sido factores determinantes de la informalización
de la economía urbana, que en sus diferentes vertientes
incluye a cerca del 50 % de la población económicamente
activa –PEA–, y en particular de la multiplicación
de la venta de bienes y la oferta de servicios personales
en la vía pública durante las dos últimas
décadas, que hoy es parte integral de la vida cotidiana
de nuestras ciudades.
Las condiciones de ejercicio del ambulantaje
son penosas: inestabilidad y estacionalidad del trabajo y
el ingreso, ausencia de servicios básicos en las calles,
desprotección de la seguridad social y otras prestaciones,
condiciones infrahumanas de trabajo, extorsión y explotación
por autoridades, intermediarios y proveedores. A pesar de
estas situaciones, el ambulantaje ha resistido todos los intentos
gubernamentales de erradicación, desalojo, reordenamiento
y reubicación.
La pobreza y la exclusión alimentan
con fuerza de trabajo a la delincuencia organizada o individual,
que asfixia al país y sus ciudades: narcotráfico,
narcomenudeo, contrabando de mercancías, armas y personas,
pornografía y prostitución infantil, piratería
de marcas, venta de mercancías robadas, etc. La venta
callejera se asocia con estas actividades ilegales. La Informalidad
y la delincuencia crean estructuras y subculturas marginales
estratificadas, en cuya base se reproduce la desigualdad,
la exclusión y la pobreza.
El fracaso del asistencialismo neoliberal
La estrategia neoliberal produjo una fuerte
contracción de la función social del Estado:
lo redujo a un carácter estrictamente subsidiario y
limitó su intervención para corregir desequilibrios,
como si la pobreza y la desigualdad no fueran inherentes al
modelo económico. Se impulsaron políticas económicas
que se convirtieron en auténticas fábricas de
pobres y sólo se aplicaron paliativos para mal compensar
este proceso. Los derechos sociales dejaron de serlo para
convertirse en mercancías y se reemplazó la
política social por un combate focalizado a la pobreza,
que no es otra cosa que el otorgamiento de transferencias
monetarias condicionadas a sectores específicos de
la población. La lógica fue otorgar migajas
para evitar brotes de descontento social, administrar a los
pobres en lugar de poner en práctica una verdadera
estrategia de desarrollo y bienestar generalizados.
Ante el costo social del “ajuste estructural”
neoliberal –desempleo masivo, drástica reducción
del salario real, privatización parcial o total de
servicios públicos, abandono de la responsabilidad
social del Estado y reducción de su gasto social–,
los tres últimos gobiernos federales, y muchos locales
de diferentes signos políticos, optaron por aplicar
una política asistencialista, compensatoria parcial
de los peores efectos empobrecedores del patrón globalizado
de acumulación de capital, recomendada y apoyada por
el Banco Mundial y otros organismos multilaterales.
Pronasol, Progresa y Oportunidades, nombres
dados por los sucesivos gobiernos federales a estos programas
dirigidos sobre todo a los pobres del campo, así como
otros de corte local –los apoyos monetarios a adultos
mayores, discapacitados, hijos de madres solteras, algunos
desempleados y jóvenes en situación de riesgo
en el Distrito Federal desde el 2001–, han tenido como
características generales su focalización hacia
sectores específicos –campesinos pobres, sectores
sociales específicos–, su magnitud y calidad
insuficiente con respecto a las necesidades de los pobres,
su definición discrecional en términos de permanencia,
montos, sectores y lugares beneficiados por parte del gobierno
que los otorga, y el control político y electoral clientelar
y corporativo que ejercen sobre los beneficiarios.
El más importante apoyo social otorgado
en el DF ha sido la llamada pensión ciudadana para
los adultos mayores, que en 2003 incluyó a 325.000
personas de más de 70 años de edad. Nadie duda
que los adultos mayores de escasos recursos merecen el apoyo
y protección de la sociedad, sus familias y las instituciones
del Estado; los problemas están en la forma de hacerlo,
y en quienes deben recibir la ayuda en la situación
actual del país y la capital.
El programa es insuficiente en su duración
y el monto económico. La edad fijada para el paso a
la tercera edad son los 60 años,; si el apoyo se otorga
a los 70 años, el adulto mayor carece de él
durante 10 años, y si la esperanza de vida en el DF
alcanza los 77.2 años, solo lo recibirían un
máximo de 7 años. El monto del apoyo establecido
por la Ley es “no menor a la mitad del salario mínimo
vigente para el DF”, lo que lo hace insuficiente para
atender las necesidades alimenticias básicas de un
adulto mayor que, requiere en muchos casos atención
alimenticia especial. Algunos dirán que “algo
es algo, peor es nada”, lo que no es justificación
en una política de Estado.
La pobreza moderada o extrema afecta, según
Julio Boltvinik, al 64,9 % de la población del DF;
al otorgar la ayuda a todos los adultos mayores, un 35,1 %
de los receptores no tiene necesidad de ella, ni es significativa
pues son parte de los no pobres, incluyendo los estratos más
adinerados, lo que pone en duda la consigna de “primero
los pobres”. Las estadísticas del GDF confirman
este hecho: en 2003: en las unidades territoriales de baja
y muy baja marginación se ubicó el 38,16 % de
los adultos mayores receptores de apoyos; en UT de marginación
media, el 29,04 %; y en las de alta y muy alta marginación,
el 32,80 %, proporción menor a los ubicados en las
UT de residencia de los pobres.
El rasgo fundamental de estas políticas
es que se dirigen hacia las manifestaciones o efectos más
evidentes de la pobreza, que mitigan quizás coyunturalmente,
pero no hacia la resolución de sus causas estructurales,
y en particular, de aquellas relacionadas con la producción
y el crecimiento económico, el empleo adecuado y el
ingreso suficiente, la distribución social de la riqueza,
el acceso universal a los servicios esenciales, la superación
de la discriminación, la desigualdad y la exclusión,
y el respeto a los derechos humanos.
Esas políticas no han funcionado.
Millones de mexicanos viven en la pobreza y son víctimas
de la exclusión económica, política y
social. La inseguridad social sigue siendo el signo de nuestros
tiempos. Con razón nos indigna la violencia generada
por el crimen organizado y la delincuencia, pero son más
los mexicanos que se debaten entre la vida y la muerte por
haberse destruido la base social del Estado, porque se les
condena a vivir de manera indigna o a abandonar nuestro país.
La pobreza mata y causa sufrimiento. Tiene un costo económico
para la sociedad, y afecta el comportamiento social, pues
la frustración que la acompaña es caldo de cultivo
para la desintegración familiar y social, la violencia
doméstica y las adicciones. El resultado de estas políticas
asistenciales, en el ámbito nacional y de las localidades
donde se han aplicado, ha sido la incapacidad para compensar
los efectos empobrecedores inmediatos del neoliberalismo y
para revertir sus causas estructurales, como lo muestran las
estadísticas de la pobreza y, sobre todo, los hechos
no cuantificables pero innegables que arroja la realidad.
Por eso no basta con la aplicación
de políticas asistencialistas, que al ser condicionadas,
se convierten en burocráticas y su administración
resulta costosa para el erario público. Es necesario
poner en marcha una política pública que integre
en un todo las políticas económica y social
hasta ahora divorciadas. La superación de la pobreza
no puede seguir viéndose como algo desvinculado de
la economía, como mal que se corrige parcialmente a
través de mecanismos de compensación social,
sino como intrínseca al funcionamiento económico,
como resultado natural de una estrategia integradora, incluyente,
sustentable y regional.
Sociedad igualitaria, incluyente y sin pobreza
Nos urge construir condiciones que satisfagan
las necesidades básicas de todos los mexicanos. Para
cumplir este imperativo se requieren tres precisos integrados:
a) edificar un Estado cuyos tres poderes asuman su responsabilidad
social; b) respetar los derechos sociales, legislar para garantizar
su cobertura universal, ampliarlos para que respondan a las
demandas sociales actuales, y crear las instituciones necesarias
y adecuadas para que se cumplan; y c) destinar el presupuesto
necesario para lograr estos objetivos, a través de
una reforma fiscal y del gasto público equitativa,
y el combate a la corrupción en la administración
pública. Para lograrlo se requiere que el Estado y
la sociedad emprendan, en corresponsabilidad, un conjunto
integral de políticas y acciones en diversos campos
de la vida económica y social, empezando por aquellas
que transformen, fortalezcan y consoliden las instituciones
sociales dirigidas a enfrentar los graves problemas de la
pobreza, dejando a un lado las políticas focalizadoras
y meramente asistencialistas.
Ciertamente las garantías individuales
y los derechos sociales están protegidos en la Constitución
Política, pero no existe un mecanismo que le permita
a la ciudadanía exigir su cumplimiento. Es preciso
crearlo. Para ello, habría que transformar la actual
Comisión Nacional de los Derechos Humanos en un organismo
que pudiera también vigilar y garantizar su cumplimiento.
• Estado socialmente responsable
Desde la perspectiva de un gobierno democrático
y de izquierda, la mejor manera de erradicar la pobreza y
promover la equidad es alentando un desarrollo económico
alternativo que incluya una mejor distribución del
ingreso, empleo estable, formal y de calidad dotado de seguridad
social, y un sistema tributario solidario, equitativo y adecuado
a las necesidades del país. Proporcionar a todos un
ingreso justo, una dieta nutritiva, una vivienda adecuada,
agua potable, atención médica básica
y educación es un proyecto viable y deseable. Para
eso se requiere un Estado socialmente responsable capaz de
garantizar una seguridad social productiva y bienestar a todos
los mexicanos; y la voluntad política y la convicción
de los gobernantes para poner en marcha un proyecto colectivo,
que considere al Estado como el instrumento necesario para
redistribuir el ingreso y la riqueza, que conciban a la política
social como la otra pierna sobre la que debe caminarse para
construir una sociedad productiva, igualitaria y justa.
No se trata de abandonar los objetivos de
crecimiento económico y saneamiento de las finanzas.
Por el contrario, este último es requisito para un
desarrollo con equidad. Una política de gasto público
con prioridades productivas y sociales exige una verdadera
reforma fiscal que garantice el aumento de los ingresos. Pero
en lugar de basarla en impuestos al consumo en un país
en el que parte importante de los recursos familiares se dedican
a la alimentación y la salud, tendría que partir
de acentuar el carácter progresivo del impuesto sobre
la renta, ampliar la base de contribuyentes, combatir la evasión
fiscal y simplificar los trámites.
Un sistema tributario equitativo y solidario
permitirá aumentar sustantivamente los recursos para
el gasto social, invertir en infraestructura básica
y promover programas productivos que permitan generar empleos
sobre todo en las zonas rurales y de mayor impacto de la pobreza.
Se trata de generar un modelo productivo, con seguridad social
y redes de protección comunitarias, en las que todos
se sientan incluidos por que tienen acceso al ejercicio irrestricto
de todos sus derechos.
• Derechos sociales para todos
La aspiración de una República
de iguales sigue siendo legítima. En el México
de hoy este ideal está lejos de alcanzarse. La exclusión
sigue siendo el signo de nuestros tiempos. La discriminación
de quienes son diferentes por su género, edad, color
de piel o preferencia sexual constituye una realidad cotidiana.
Esas disparidades sociales son resultado del acceso desigual
a los recursos, de la exclusión de las mayorías
de la toma de decisiones, y de la puesta en marcha solamente
de políticas asistencialistas y focalizadas. Los apoyos
gubernamentales son vistos como prebendas y se prestan al
control y manejo corporativo porque existe una selección
y se tiene que comprobar que se cumplen determinados requisitos
para acceder a ellos. Una estrategia de desarrollo social
significa poner en práctica un enfoque diferente y
garantizar el ejercicio pleno de los derechos sociales y sobre
todo la vigencia de su carácter universal. Todos los
mexicanos, sin excepción tienen derecho a que el Estado
garantice su bienestar.
Los derechos sociales deben ser universales,
accesibles y disponibles para toda la población por
canales que no involucren estigma, vergüenza o sentimiento
de inferioridad. Para eso hay que poner en el centro de la
acción pública el combate contra la desigualdad
y la exclusión económica y social, porque nadie
que padezca hambre, viva en la miseria o sufra cualquier tipo
de exclusión puede ejercer plenamente una ciudadanía
emancipada. Cualquiera que se encuentre en esa situación
será visto como desvalido y como botín del clientelismo
político para su explotación. Por eso, es necesario
poner en marcha un Programa Nacional de Inclusión Social
que implique que todos, sin excepción alguna, tengan
acceso al trabajo, a la alimentación, a la vivienda,
la energía, el agua, la educación, la salud,
la cultura y el transporte.
El derecho a una vida digna será siempre
la prioridad de un Estado con responsabilidad social. Para
ello, habrá que lanzarse a la creación de un
frente unificado para combatir las causas de la pobreza, organizadamente
y más allá de siglas partidarias e intereses
particulares. Esa causa, común y justa, debe unir a
todos y para alcanzar ese objetivo es necesario movilizar
al país y dar voz y poder de decisión a los
beneficiarios de esas políticas. Esta tarea supone
transformar el orden moral y ético de la sociedad y
su gobierno y convertir a la justicia y la igualdad en los
valores supremos de la acción pública y de la
vida misma. Ese será el principal reto.
Derecho al trabajo con salario digno
Una política que combata realmente
la desigualdad y la pobreza debe, por principio, fomentar
un crecimiento económico sostenido que tienda a garantizar
a todos los mexicanos empleos o actividades económicas
estables y salarios e ingresos suficientes para satisfacer
las necesidades esenciales y permitirles una vida digna.
A partir de diciembre de 1982 y con mayor
intensidad en los últimos años, la política
estatal se ha caracterizado por la destrucción masiva
de empleos, aunque formalmente los gobiernos prometen la creación
de muchos nuevos puestos de trabajo. Así no se respeta
el derecho constitucional al trabajo. Para enfrentar esta
problemática debemos diseñar una política
de Estado que asegure la creación de empleos productivos,
tanto en el sector privado como en el público.
Luego de 30 años de reducción
continua y acumulativa de los salarios reales, debemos recuperar
paulatinamente la participación de los trabajadores
en la riqueza generada mediante incrementos al salario real
por arriba de la inflación y de los aumentos de la
productividad del trabajo. Es una falacia asegurar que la
recuperación de los salarios es una amenaza inflacionaria;
en una economía sana, en expansión, es un factor
que dinamiza el mercado interno y estimula la productividad,
además de ser un elemento básico de justicia
social.
Debemos cambiar la orientación de
los programas asistenciales de “combate a la pobreza”
para la población en condiciones de marginación
social e indigencia. Tales programas deben ser complemento
temporal de las políticas económicas antes mencionadas,
y elemento compensador de las desventajas económicas
y sociales, mientras los cambios estructurales aseguran transformaciones
equitativas definitivas. La asistencia social debe dejar de
ser objeto de manipulación política y de humillación
para quienes la necesitan, y pasar a ser un derecho de quienes
la reciben y, por lo tanto, una obligación del Estado
prestarla con calidad y oportunidad.
Derecho a la educación pública
laica y gratuita
La educación pública en México
enfrenta como problema fundamental la incompatibilidad entre
los principios constitucionales originarios y la realidad,
donde la política neoliberal la asfixia. La Constitución
la consideraba como derecho social y factor crucial del desarrollo
nacional, y la definía como obligatoria, gratuita,
incluyente, laica y pilar en la construcción de la
identidad nacional. La práctica neoliberal, cuya expresión
más clara es económica, le reduce el presupuesto
y le niega financiamiento. La educación pública
en todos los niveles acusa el abandono estatal, y la oferta
educativa es insuficiente para cubrir la demanda. Estos factores
han deteriorado notoriamente la calidad de toda la educación
pública. Las deficiencias en la educación, que
comienzan desde la primaria, explican el rechazo de los estudiantes
en las escuelas de educación media y superior.
Es obligación del Estado garantizar
a todos los mexicanos el derecho social a la educación
en todos los niveles, y que toda la educación, incluida
la tecnológica, tenga un carácter formativo
y humanista que genere espíritus críticos para
coadyuvar al desarrollo nacional independiente. Para cumplir
tales objetivos, el Estado debe destinar recursos suficientes
a la educación pública. Asimismo tiene que reivindicar
su carácter laico, pluricultural, democrático
y gratuito en todos los niveles; y enfatizar su carácter
universal, incluyente, científico, crítico,
humanista, social.
Derecho a la salud y a la seguridad social
El acceso a la salud y a la seguridad social
forma parte de los derechos constitucionales que configuran
la plena satisfacción de las necesidades humanas. Empero,
el principal problema de la seguridad social, como vía
para universalizar la protección integral a la sociedad,
es que no se ha extendido a toda la población, lo cual
se ha agravado con la reducción del ritmo de incorporación
de derechohabientes, la caída de los aportes derivada
de la continua contracción del salario real, y de la
privatización de la atención a la salud.
Ante la gravedad del rezago social y sus
implicaciones de inestabilidad política, el Estado
se ha visto obligado a poner en marcha programas asistenciales
de salud, nutrición, vivienda, y apoyos a la familia,
para la población pobre no asegurada. En los hechos,
y apoyándose en las contrarreformas realizadas, los
gobiernos neoliberales están culminando el abandono
del proyecto constitucional normativo de bienestar social,
sustituyéndolo con programas asistenciales.
Estos programas, en todo caso, debieran tener
un carácter temporal, que sin desconocer las responsabilidades
sociales del Estado, no consideren la situación de
marginación de grupos sociales determinados como permanente
y sin remedio, sino como situaciones que pueden y deben ser
modificadas y corregidas con otros programas gubernamentales,
aplicados en paralelo, como pueden ser programas de generación
de empleo, proyectos productivos de carácter comunitario,
etcétera.
Por ello nos urge revisar las leyes de seguridad
social del IMSS y del ISSSTE para recuperar su carácter
público, solidario, redistributivo e integral, y frenar
y revertir el desmantelamiento a que están sometiendo
a estas instituciones los gobiernos neoliberales. También
debemos revertir la grave tendencia menguante de los ingresos
de ambas instituciones, debida al creciente desempleo y a
la reducción de los salarios. Requerimos de una política
que comprometa al gobierno y a los patrones, para que de común
acuerdo recapitalicen a ambas instituciones.
Para avanzar en esta dinámica debemos
impulsar un proyecto de Ley de Seguridad Social. También
urge construir un servicio único de salud; revisar
el sistema de pensiones para que éstas recuperen su
capacidad adquisitiva y ampliar el número de beneficiarios.
Derecho a la ciudad y a la vivienda digna
En la actualidad, hay todavía millones
de mexicanos que viven en asentamientos precarios segregados
que no cuentan con los servicios y equipamientos mínimos,
donde los tiempos y costos del transporte para acceder al
trabajo, la educación y el abasto son crecientes. Casi
10 millones de personas carecen todavía del servicio
de agua potable en la vivienda, 22 millones no disponen de
un sistema adecuado de eliminación de aguas negras
en su vivienda (drenaje o fosa séptica), 14 millones
viven todavía en espacios donde el piso es de tierra
y casi 22 millones de personas viven en una vivienda de un
solo cuarto. Estas carencias no son homogéneas; se
acentúan en las periferias de las grandes ciudades,
así como en las de menor tamaño y en los medios
rurales.
Ni el Estado ni la empresa privada han podido satisfacer la
demanda de vivienda y servicios públicos; los fondos
“solidarios” de vivienda como el Infonavit y el
Fovissste han sido usados inadecuadamente o saqueados por
la corrupción. La vivienda que el sector privado produce
es cada vez más inaccesible para los sectores populares
y medios. Los requisitos para obtener crédito público
y privado son excesivos y excluyentes, en consecuencia, pocas
familias obtienen este financiamiento.
Frente a estas carencias, tiene que reafirmarse
que el disfrute de una vivienda adecuada es una necesidad
básica, que no se limita al espacio que ocupa cada
familia, es un derecho social con el cual está comprometido
el Estado mexicano al suscribir y ratificar varios tratados
y convenios internacionales. Para ser efectivo, el derecho
a la ciudad y a la vivienda requiere del compromiso del gobierno
y de la participación solidaria del conjunto de la
sociedad.
El derecho a la ciudad y a la vivienda involucra
aspectos fundamentales del hábitat como son la seguridad
jurídica, la disponibilidad de infraestructura, servicios
y equipamientos, la habitabilidad, la adecuación de
los precios de la vivienda con la realidad económica
de la población, la cercanía con los empleos
y los equipamientos de salud, educación, cultura y
administración pública. Es responsabilidad del
Estado fijar las condiciones necesarias para hacer efectivo
este derecho, promover el acceso equitativo a la ciudad y
la producción de vivienda de interés social
y sistemas accesibles de financiamiento a largo plazo, así
como apoyar formas asociativas de producción social
de la ciudad y la vivienda.
Derecho a la alimentación
El derecho a la alimentación ha sido
violentado total y arbitrariamente con las políticas
que han reducido los salarios y desmantelado los programas
e instituciones que otorgaban bienestar a la población.
Al no existir una alimentación adecuada se coarta el
desarrollo armónico de las potencialidades biológicas
y síquicas del ser humano, se incrementa la incidencia
de la enfermedad y la mortalidad, y se ataca la base fundamental
del desarrollo de las fuerzas productivas.
Con más de dos tercios de la población
ubicada en algún rubro de pobreza, es indispensable
aplicar un Programa Nacional de Nutrición que garantice
la alimentación de todos los mexicanos, especialmente
de los lactantes, niños, jóvenes, mujeres embarazadas
y adultos mayores. Un programa de esta naturaleza debe estar
articulado con una política de desarrollo rural que
recupere la autosuficiencia alimentaria del país.
Para enfrentar el problema de la nutrición
necesitamos un nuevo marco institucional, legislativo y presupuestal,
vinculado al abasto y a la alimentación. Asimismo requerimos
una política que impulse la organización de
productores y consumidores y permita a las organizaciones
sociales gestionar y regular el abasto y la alimentación
en cada zona del país.
Derecho a la igualdad de oportunidades para
las personas con discapacidad
En lo fundamental, las políticas sociales
destinadas a las personas con discapacidad tienen un enfoque
asistencialista, pues no ven a sus beneficiarios como sujetos
de derecho. El Estado mexicano no cuenta con una política
integral de promoción de los derechos y oportunidades
para las personas con necesidades y capacidades especiales.
La atención de las necesidades de estas personas recae
fundamentalmente en las familias, las que en su mayoría
tienen un ingreso más precario cada día, y la
presencia de algún miembro con discapacidad agrava
la pobreza y crea fricciones en su seno.
La discapacidad en nuestro medio tiende a
agravarse. Además de carecer de una política
efectiva de atención y rehabilitación, al sistema
de salud le falta una política de prevención
que detenga y revierta el incremento de la población
con discapacidad. La inequidad hacia estas personas también
acusa la ausencia de los recursos necesarios para que las
políticas públicas de salud, educación
y ordenamiento territorial incorporen la problemática
integral de la discapacidad y aseguren el respeto, cuidado
e inclusión social de estos mexicanos.
Para integrar a la vida económica
y social a las personas con discapacidad es necesario impulsar
proyectos económicos que les provean de empleo; promover
que la legislación laboral establezca como obligación
de las empresas reservar para ellas un porcentaje de los puestos
de trabajo; fortalecer y democratizar las instituciones públicas
de servicios sociales dirigidos a estos sectores; adecuar
la infraestructura urbana y los servicios públicos
a las necesidades y condiciones de vida de las personas con
discapacidad; y construir una nueva ética social hacia
la discapacidad.
Derechos y oportunidades para los adultos
mayores
La mayoría de los adultos mayores
enfrenta la inseguridad económica y graves carencias
por la falta de políticas públicas adecuadas.
Tal carencia les impide disfrutar de esta etapa de su vida.
Dos tercios de esta población carecen de una pensión,
y quienes la reciben no garantizan con ella una vida digna
debido a su reducido monto y a los procesos inflacionarios.
A esto se añade el deterioro del nivel de vida familiar
y los cambios en los patrones tradicionales de cuidado, atención
y respeto a los adultos mayores.
Es necesario fomentar una cultura social
en materia de gerontología en todas las instituciones;
introducir, validar y expandir los servicios de atención
geriátrica en el sistema nacional de salud; el sistema
educativo debe otorgar oportunidades de capacitación
a los adultos mayores; la legislación laboral tiene
que establecer nuevas modalidades de jubilación y eliminar
las formas de discriminación laboral por razones de
edad. El eje de una política democrática hacia
los adultos mayores debe partir del reconocimiento de que
son sujetos de derecho, y que constituyen una de las más
importantes reservas morales y productivas de la sociedad
mexicana.
Como acto de solidaridad social y de dignificación
de los adultos mayores, debemos recurrir a las finanzas públicas,
especialmente a través de una reforma fiscal, para
operar un programa que tienda a establecer una pensión
universal para ellos, a partir de cierta edad que en su momento
se establezca. Pero lo que de inmediato debemos impulsar es
que estos sectores reciban atención preferente en programas
institucionales de vivienda, salud y educación.
Derecho a la diversidad
Para impulsar un verdadero cambio en nuestro
país no basta con luchar contra la exclusión
económica y social. Un gobierno democrático
y progresista no puede eludir su compromiso con la diversidad
social y cultural. Tiene que buscar una transformación
cultural que combata las diferentes formas de intolerancia
y discriminación que están arraigadas en lo
más profundo de la sociedad y que se han transmitido
de una generación a otra. Hoy muchos mexicanos no tienen
acceso a sus derechos porque son diferentes por su género,
por el color de su piel, por su edad, por su lengua, por sus
capacidades diferentes o por su preferencia sexual. Esta situación
de discriminación e intolerancia es inaceptable para
quienes queremos un país de iguales, de convivencia
y progreso. Por ello, es indispensable impulsar la reforma
de la legislación y de las instituciones judiciales
para combatir el racismo, la discriminación y toda
forma de intolerancia, estableciendo y haciendo efectivas
las sanciones a los responsables de esas conductas.
Mientras persistan las prácticas discriminatorias
y los jóvenes, las mujeres, los indígenas, las
personas con capacidades diferentes y la comunidad gay no
puedan ejercer plenamente sus derechos, por la sencilla razón
de que son diferentes, no podrá hablarse de equidad
y democracia. Por lo demás, la realidad demuestra que
la igualdad jurídica no es suficiente. Una perspectiva
diferente parte de asumir que para alcanzar la equidad es
necesario impulsar acciones afirmativas que compensen las
desigualdades y, por otro lado, dar poder a quienes han sido
excluidos de la toma de decisiones. En esto hay que ser muy
claros: un gobierno que no esté comprometido plenamente
con el respeto a la diferencia simplemente no es democrático
y menos aun progresista. Una izquierda moderna es aquella
que promueve el reconocimiento a la diversidad y sabe que
en ella radica buena parte de la riqueza cultural y social
del país.
Un gobierno que asume la tolerancia como
valor fundamental no busca excluir a los diferentes, sean
estos indígenas, mujeres, jóvenes o gays. Por
el contrario, con la práctica de la tolerancia se lucha
por la inclusión y la equidad. Con tolerancia se busca
que todos tengan posibilidades de libre expresión y
de sano desarrollo, en condiciones equitativas, eliminando
los resabios de represión, marginación y sometimiento
heredados del viejo autoritarismo que, por definición,
era intolerante. Hay que aprender de las nuevas generaciones:
los indígenas nos han enseñado a dar importancia
y valor a la autonomía como nueva forma de participación
y decisión; las mujeres han demostrado que no hay acto
de afirmación más importante que su participación
activa en los más altos niveles de decisión
a los que han llegado, por cierto, contra viento y marea;
y cuando los jóvenes denuncian actos de discriminación,
las razzias, el cierre de sus espacios de expresión
y diversión y la intolerancia de sectores que no conciben
la diversidad, nos están indicando que sólo
hay un camino y que ese es el de la promoción de una
cultura de la tolerancia. En la práctica, todos estos
actores están defendiendo a nuestro país como
un gran mosaico pluricultural, multirreligioso y diverso,
están exigiendo formar parte del proyecto nacional.
Por ello, tendría que reconocerse
el derecho al control y uso sustentable de los recursos naturales
de los pueblos originarios. Los indígenas no deben
verse más como meros objetos de asistencia social para
convertirse en sujetos de derecho como ha sido su aspiración
legítima. Las mujeres deben tener acceso irrestricto
a los espacios de participación política y los
jóvenes prioridad en las políticas educativas,
de empleo y culturales, pero sobre todo al derecho a ejercer
sin traba alguna sus libertades en un marco de confianza y
de respeto a su diversidad. Todas las creencias deben recibir
el mismo trato y el mismo reconocimiento, porque un clima
de libertad está indisolublemente asociado a un Estado
laico que lo será no por su jacobinismo religioso sino
justamente por lo contrario: por el reconocimiento al derecho
que tienen todos de practicar el culto de su preferencia.
No puede existir libertad si no nos convertimos
en sujetos responsables de nuestro destino y del de los demás.
Por eso es importante subrayar el valor de la justicia. Sólo
luchando por un orden justo puede lograrse el cambio profundo
que buscamos todos. Y un orden justo no se impone por la fuerza,
con la confrontación o con el argumento de la verdad
única. Un orden justo se logra con la participación
democrática en todos y cada uno de los ámbitos,
con la permanente democratización de todos los espacios
como la mejor guía de acción para promover la
tolerancia, las libertades, los derechos todos, en especial
el derecho a decidir. Sólo así se estará
hablando de una auténtica democracia.
• Un enfoque de género
Un gobierno de esta época, con responsabilidad
social, deberá estar plenamente comprometido con un
enfoque de género, pues las mujeres han padecido las
consecuencias de la restricción en materia social,
son las más pobres entre las pobres, sobre todo si
son indígenas. Una primera tarea será eliminar,
en la cultura social y en la convivencia cotidiana, el sesgo
del proveedor masculino que considera dependientes a las mujeres
y no reconoce su aportación a las labores productivas
y económicas. El acceso a la educación, a la
seguridad social y el reconocimiento a la labor de la mujer
en el hogar serán premisas de una gestión de
gobierno responsable.
Para avanzar en esa perspectiva de equidad,
es necesario cambiar la actual división sexual del
trabajo que ha remitido todo lo relativo a la vida cotidiana,
la sexualidad, la maternidad y la crianza infantil al ámbito
de lo privado. Es indispensable modificar este patrón
cultural a partir de políticas de equidad y del reflejo
de valores asociadas a la misma en la educación y los
medios de comunicación. Con ello podrá recuperarse
el equilibrio perdido e incorporar a las mujeres en condiciones
de igualdad al desarrollo y a la toma de decisiones. En la
misma perspectiva, habrá de reforzarse el compromiso
de defender sus derechos reproductivos e impulsar una política
que garantice el derecho constitucional de la mujer y su pareja
a decidir informada y libremente el número y espaciamiento
de sus hijos, que provea los medios para hacer efectiva esa
decisión, que asegure información oportuna y
confiable sobre los diversos métodos de planificación
familiar, y que impulse permanente y sistemáticamente
campañas de educación sexual en la juventud
para prevenir los embarazos no deseados.
Ningún enfoque social sería
completo si persiste la violencia hacia las mujeres. Este
hecho es tan grave y extendido que requiere de toda la atención
de la sociedad. En primer lugar, la inseguridad en las calles
perjudica en gran medida a las mujeres, pues diversos estudios
indican que tienen una percepción muy alta de inseguridad
ante situaciones que consideran amenazantes. En segundo lugar,
la violencia sexual e intrafamiliar afecta también
principalmente a las mujeres y a los hijos. La mayoría
de los delitos sexuales denunciados se cometen contra mujeres
y la mitad de las víctimas son menores de edad agredidas
por un familiar o conocido. Por ello, es fundamental combatir
la violencia hacia la mujer en todos sus aspectos, pues atenta
contra sus derechos, su integridad y dignidad. Las mujeres
no pueden contribuir de lleno con su iniciativa o su creatividad
si están agobiadas por heridas físicas o psicológicas.
Modificar esta situación sólo será posible
con la participación de las mujeres en todos los ámbitos
de decisión, por lo que deben impulsarse acciones afirmativas
que hagan visible su presencia y su talento, empezando con
su incorporación en la tarea pública en una
proporción del 50%, correspondiente a su participación
en la sociedad.
• La acción inmediata
Al mismo tiempo que se aplica una estrategia
de desarrollo social que modifique de raíz las condiciones
en las que viven millones de mexicanos, es necesario impulsar
la realización de acciones inmediatas que se propongan
metas a corto y mediano plazos, que atiendan los compromisos
contraídos por nuestro país en la Cumbre del
Milenio, y sobre todo, que en particular puedan ser evaluadas
al final del próximo sexenio:
• Una política de hambre-cero
a partir de fortalecer el poder adquisitivo de algunos sectores
sociales, elevar los niveles de producción agropecuaria,
garantizar precios accesibles de los artículos de primera
necesidad y proteger a los niños, madres y adultos
mayores con programas especiales.
• Establecer una meta objetiva de reducción
de la pobreza mediante el combate a las causas que la ocasionan
en el lapso del próximo sexenio.
• Reducir significativamente el porcentaje
de habitantes que no tengan acceso a agua potable a partir
de una mayor inversión en infraestructura y obra pública
hidráulica.
• Eliminar el analfabetismo de manera
especial en las mujeres, los adultos mayores y la población
indígena.
• Garantizar una matrícula del
cien por ciento en primaria y secundaria, y eliminar la deserción
por causas que pueden ser evitadas.
• Establecer el sistema de primaria
de día completo para una educación integral
y de la más alta calidad para los niños, una
mayor profesionalización de los docentes y el apoyo
a las madres trabajadoras.
• Aumentar los recursos destinados
a la educación media superior y superior, a la investigación
científica y a las becas para jóvenes de escasos
recursos.
• Prevenir y reducir la tasa de mortalidad
materna, sobre todo por causas prevenibles como el cáncer
cérvico-uterino y mamario, y llevar hasta los lugares
más recónditos los medios para las tareas de
prevención y detección.
• Reducir la mortalidad en los niños
menores de cinco años, particularmente en las zonas
rurales, garantizando el acceso a los servicios básicos
de salud.
• Combatir la propagación del
SIDA y garantizar el acceso a los medicamentos a quienes padecen
esta enfermedad.
• Apoyar con políticas públicas
a las madres trabajadoras mediante la instalación de
centros de desarrollo infantil, centros de tarea, la puesta
en marcha de programas como el de madres educadoras y haciendo
compatibles los horarios escolares con los laborales.
• Eliminar todo tipo de discriminación
en el trabajo, asegurando el salario igual a hombres y mujeres
por una labor equivalente, declarando ilegal el examen de
ingravidez como requisito para otorgar empleo y el despido
de mujeres por estar embarazadas.
• Garantizar el acceso a servicios
seguros y gratuitos de atención médica reproductiva,
proporcionando información y el acceso irrestricto
a los métodos de planificación familiar y de
prevención del embarazo adolescente.
• Propiciar una cruzada nacional que
consolide el acceso y la propiedad de las mujeres a los recursos
productivos, particularmente la tierra.
• Promover la legislación que
reconozca plenamente los derechos y las culturas de los pueblos
indígenas.
• Garantizar el derecho a la alimentación
y a la salud de todos los adultos mayores de 65 años.
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